01 de diciembre de 2016

Tejero, a la sombra del Carbayón de Valentín

"Viene mucha gente a ver el árbol, es el monumento que tenemos", afirman los vecinos, que añoran el bullicio de antaño

01.12.2016 | 03:50
Manuel Rodríguez dando el paseo.

Bajo la sombra del Carbayón de Valentín no solo se cobija el pequeño pueblo homónimo. A pocos metros está Tejero, cuyos vecinos siempre han tenido mucha relación con Valentín por ser el lugar donde está la capilla de San Pedro, donde hasta hace unos años se celebraban las habituales misas y la que era la fiesta de ambos pueblos, cada 29 de junio.

Este árbol gigante, que tiene una altura de nueve metros, un diámetro de copa de 16 metros y un perímetro de tronco superior a los diez metros, es un atractivo para la zona. Con una antigüedad de más de 500 años, se cree que es el más longevo de Asturias, y no pasa desapercibido para los amantes de la naturaleza que se acercan a Tineo. "Viene mucha gente a ver el Carbayón, incluso del extranjero, es el monumento que tenemos", asegura Manuel Rodríguez, que añade que antes "los árboles estaban muy valorados en los pueblos, no como ahora, se aprovechaban y se utilizaban para que los pueblos estuvieran guapos".

Pero no solo en ese sentido cambió la vida en el pueblo. Sus vecinos recuerdan cuando por sus calles se cruzaban más de 80 personas repartidas en la quincena de casas que se pueden ver en la localidad, aunque en la actualidad cinco ya estén deshabitas "y en la mayoría solo queda una persona", subraya Palmira del Río. En aquellas épocas, la escuela del pueblo, ahora cerrada, se quedaba pequeña para acoger a toda la juventud. "La escuela la arreglaron el año antes de cerrarla; ahora se utiliza para reuniones y para celebrar alguna misa", explica Jovino Blanco.

Si algo bueno destacan los vecinos de su pueblo, aparte de lo soleado que está, es la concentración parcelaria que estrenaron hace unos años "y que nos mejoró las fincas, sus accesos y el interior del pueblo, pero tenía que haber llegado cuando todos teníamos ganado", apunta Pilar Fernández.

Aunque fue un pueblo grande, nunca tuvo bar. De hecho, aseguran que es de los pocos de la parroquia que nunca tuvo ese servicio. No obstante, los vecinos no se aburrían y organizaban bailes los sábados y esfoyones en las tardes de invierno que muchos echan de menos por el significado de comunidad que tenían.

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