JUAN VELARDE FUERTES
Es curioso. Cuando se ha vivido muchos años, me he encontrado con defensores acérrimos de la situación económica existente, por su adhesión a la política que estaba en el poder. Contradecían los argumentos de los economistas señalando que nuestra situación en este sentido era buena. Para ello articulaban teorías en defensa del inmovilismo que sonrojaban a los economistas. Recuerdo la postura de Gual Villalba pidiendo mi cabeza, en Consejo de Ministros, por haber sostenido yo por escrito en la «Revista de Economía Política» el desastre que era la política de sustitución de importaciones que practicaba el INI, corolario del proteccionismo implantado por Cánovas del Castillo a partir del arancel de Guerra de 1891. Aparentemente la economía española marchaba muy bien. El crecimiento del PIB era entonces del 4% anual. La solución hubo de buscarse angustiosamente en el plan de estabilización de 1959, porque se produjo una crisis atroz de balanza por cuenta corriente: como decíamos los economistas, el modero era «autofágico».
Recuerdo también una reunión en casa de Solé Villalonga donde Fuentes Quintana y yo señalamos, ante Laureano López Rodó, allí presente, que la política que se seguía en la parte final de los años sesenta llevaba a la catástrofe, porque la inflación creaba desajustes ingentes e impedía abrir la economía española al exterior. El argumento en contra, despectivo, fue que se crecía a una tasa del 6%. A partir de 1974, derivada de eso, y acelerada como consecuencia de los choques petrolíferos, la crisis fue, literalmente, gigantesca, y sólo logró paliarse tras el Pacto de La Moncloa.
Recuerdo, en fin, cuando comentó despectivamente José María Cuevas las críticas que muchos economistas, yo entre ellos, hacíamos a las medidas de Solchaga, porque señalábamos que nos llevaban, tras nuestro ingreso en la Comunidad Económica Europea, a la crisis. Sostuvo Cuevas que la de Solchaga era «la única política económica posible», y adujo cómo, en el año 1992, el PIB crecía a una tasa del 3,8%. Claro que en 1993 esa tasa se convirtió en una negativa del 0,4%. De la crisis se pudo salir gracias a las duras medidas, de 1996 a 1998, del modelo Aznar-Rato.
Ahora, amañándose cifras y argumentos, otro señor, Javier Fernández, evidentemente criado por Dios, se ha juntado a los Gual Villalba, los López Rodó y los Cuevas. Pues muy bien. Y he de repetir aquí que si no se adoptan medidas muy serias, cada día más de reforma estructural, va a ser muy duro lo que se nos precipitará encima, por todos y cada uno de los argumentos que di en mi artículo «Alarma tras el mensaje del Fondo Monetario Internacional», publicado en LA NUEVA ESPAÑA del 24 de mayo de 2007, dentro de una serie de trabajos de llamada de atención que se remonta a hace algunos años, actitud en la que continúo, naturalmente. No estoy solo en ello. Unos ejemplos muy recientes: en «Cinco Días» de 9/19 junio de 2007, José Barea, bajo el título «Techo de gasto para 2008», expone con claridad la seria situación existente. Basta un párrafo de muestra: «Parece que los temores queÉ expuse sobre un fuerte deterioro del crecimiento de la economía española a consecuencia de que los inversores extranjeros cambiaran la dirección de sus flujos de inversión hacia otros países, bien porque empezaran a dudar de la calidad de los activos que se ofrecen en garantía o porque tuvieran la percepción de un cambio en la sostenibilidad del modelo de crecimiento español, empiezan a convertirse en realidad». En «The Economist» de 9 de junio de 2007, en el artículo «Basque troubles», se considera que Zapatero «puede deletrear la palabra desastre», entre otras cosas a causa del «descenso en el auge inmobiliario». Y en la nota que en este mismo número se publica, titulada «Current-account balances», se destaca cómo el déficit español por cuenta corriente, «es aun más grande, al compararlo con el tamaño de su economía, y alcanzará el 10,8% del PIB en 2008, según proyección de la OCDE». Se trata del mayor déficit que tienen ahora los 42 países que semanalmente recopila sobre esta magnitud esa publicación. Finalmente, porque no es cosa de hacer anotación aquí de todas las malas noticias que para nuestra economía aparecen, desde hace tiempo ya en la prensa más solvente española y extranjera; léase en «The Financial Times» de 8 de junio de 2007, en el editorial «Global inflation» que «aunque los inversores ya esperan, al menos, un mayor incremento de los tipos de interés de la eurozona, éstos pueden aun crecer por encima de estas expectativas».
¿Aterrizaje suave o catástrofe? Depende tanto de la marcha de la economía mundial como de la política económica española. Pero que si ambas no empujan con decisión, que existen serios riesgos de catástrofe, es evidente. Lo que no se puede saber es el momento exacto en que se va a originar. Conviene, en este sentido tomándolo de una idea de Schumpeter, indicar que la capacidad del economista para fijar esa fecha es tan imposible como que un arquitecto determine el momento exacto del derrumbamiento de una casa aparentemente sólida y magnífica. Pero el arquitecto ha visto que el dueño, para mejorar sus ingresos, ha alquilado el sótano a unos almacenistas de explosivos; ese sótano, para ahorrar el dueño dinero, tiene los cables eléctricos sin introducir en tubos adecuados, y además, chisporroteanÉ Los obreros que trabajan en el sótano se comportan de modo insensato, y para no tener conflictos con ellos, no se les prohíbe fumar mientras deambulan entre los explosivos. El arquitecto señalará que si no se adoptan duras medidas estructurales -rescindir el arrendamiento del sótano, gastar dinero en acondicionar la instalación eléctrica, imponer severa disciplina a los obreros-, el derrumbamiento es prácticamente seguro.
¿Para qué seguir? Me parecen perfectas como final estas palabras del gran Stigler: «Seré tan temerario como para afirmar que es más importante que una sociedad sea inteligente con su política económica que con el uso de la energía nuclear. Sólo en Rusia, millones de campesinos murieron a consecuencia de la política económica de la década de 1930, un múltiplo muy elevado del efecto del desastre de Chernobyl. Espero, por tanto, para bien de nuestra sociedad, que seamos cada día más profesionales en el uso de nuestros conocimientos».