ESTEBAN GRECIET
o sé si habrá algo más lacerante en este mundo que asistir al sufrimiento de los niños, y raro es el día en el que no son protagonistas de noticias negativas en los medios de información. Pudo haber más o menos dolor infantil en el pasado, pero poco importa, pues lo que sí sabemos es que ahora mismo lo hay, y con exceso. Un mal que se irradia en toda su crudeza al entorno familiar.
La infancia es un paraíso temporal que dura cada día menos, como si los mayores nos hubiéramos conjurado para que sus protagonistas lo perdieran cuanto antes.
Casi están aún calientes los cadáveres de pequeños destrozados en carretera por no llevar puestos los cinturones de seguridad, y el de la niña tiroteada por su padre en Torrejón, los ahogados en playas, ríos y piscinas; continúa el misterio sobre las desapariciones de Madeleine y Yéremi, sin contar las demás que están sin resolver. Siguen las agresiones sexuales, los abusos y las pederastias, el caso de la adolescente asaltada y muerta en Gran CanariaÉ
Niños maltratados, explotados, desaparecidos, acosados, olvidadosÉ Niños víctimas de las crecientes rupturas familiares, repartidos por semanas y en vacaciones sometidos a las discrepancias de sus padresÉ
Eso, sin considerar los niños que no son noticia, sacrificados a diario y por millares en el mundo, silenciosamente, a hurtadillas, con premeditación y alevosía, sin que la sociedad parezca conmoverse ante un holocausto mucho mayor que el de todas las guerras y los campos de concentración, enmascarado en el eufemismo de la interrupción. Ésa es otra historia.
Preguntémonos cuál es nuestra responsabilidad en gran parte del dolor evitable de los niños, por no atenderlos lo suficiente, por descuidar su seguridad en ruta, por asistir con indulgencia a modas y costumbres impropias de su edad, por anteponer nuestros egoísmos a su felicidad. Por expulsarlos, en fin, prematuramente del irrepetible paraíso de su infancia.