JOSÉ MANUEL PONTE
Con un fino sentido de la ironía y de la caridad cristiana, un grupo de señoras del Opus Dei me envía un amable escrito para darme las gracias por un artículo publicado en este mismo periódico bajo el título de «Santificar la lavadora», en el que se hacían una serie de acotaciones -quizá excesivamente frívolas- sobre las enseñanzas de monseñor Escrivá de Balaguer respecto del matrimonio, y sobre la inestimable ayuda que los electrodomésticos pueden prestar al afianzamiento de la institución. Y como yo decía allí que, por costumbre del oficio, suelo leer todo lo que llega a mis manos, desde publicidad comercial hasta prospectos de medicinas, me toman por la palabra y adjuntan varios libros del fundador de la Obra, con el deseo de que su lectura me permita aclarar algunos de los interrogantes que planteaba. No obstante, y como si temiesen que el demonio de la desidia me llevase a no leerlos con la atención necesaria, incluyen en el lote un breve resumen de su contenido y algunas consideraciones personales sobre la importancia de la lavadora en la santificación, que me parecen muy graciosas. Una dice así: «En muchos de los países en que está arraigado el Opus Dei las personas humildes no tienen lavadora y son muy felices con las enseñanzas que han recibido de San Josemaría». Y otra: «En importancia celestial no hay segundones. No se santifica la lavadora, sino al que la usa, si ha ofrecido su trabajo a Dios desde la mañana y vive en su presencia a lo largo del día. El cielo estaría lleno de lavadoras y allí no las necesitan». Totalmente de acuerdo. Una cosa es el santo y otra bien distinta el instrumento de la santificación, aunque en el cristianismo la cruz donde murió Jesús de Nazaret se convirtió en el símbolo más importante de esa religión, en objeto de devoción preferente y en reliquia codiciada. (Se han hecho estudios sobre la cantidad de trozos de madera que supuestamente proceden de la vera cruz y la leña acumulada serviría para reconstruir una buena parte de la Armada Invencible). En cuanto a la ausencia de lavadoras en el cielo, porque allí no se necesitan, tampoco hay mucho que objetar. Es creencia general que los afortunados que llegan a merecer ese premio no necesitan ni lavadora, ni nevera, ni automóvil, ni televisión, ni cartilla de ahorros ni ninguno de los utensilios que hacen más confortable nuestro paso por el mundo. Al parecer, los bienaventurados se limitan a flotar en el aire en un estado de embeleso y embobamiento perpetuo muy parecido a los efectos del enamoramiento primerizo. Y como además no llevan ropa ni se manchan, pues no necesitan lavadora. A los que no tenemos la suerte de creer en un futuro tan idílico nos parece muy bien que haya quien opine lo contrario. Sobre todo si esa creencia les sirve para tranquilizar el ánimo y ser mejores y más justos con el prójimo. Y en ese sentido estoy en total sintonía con las amables señoras del Opus que me escriben. El humorista Álvaro de la Iglesia escribió una novela de mucho éxito en su época con este curioso título: «En el cielo no hay almejas». Con ello venía a significar que un lugar donde uno no puede tomarse un plato de esos sabrosos bivalvos no debe ser un destino muy apetecible.