JOSÉ MARÍA RUILÓPEZ
Cuando vemos a los adolescentes de 16 años en el barrio de la Arena gijonés, a media tarde, en plena calle, ante la mirada de los viandantes, quemar en el hueco de la mano «chocolate» para hacerse unos canutos. O leemos el alto nivel de consumo de coca de nuestra región. O contemplamos cómo la atleta estadounidense Marion Jones confesaba haber ganado varias medallas olímpicas con la ayuda de esteroides. O cuando hace unas fechas el verdugo de Miguel Indurain en el Tour de 1996, Bjarne Riis, declaró que había ganado aquella prueba bajo el efecto de estupefacientes. Lo mismo que la descalificación de Landis en el Tour del 2006, dejando a Pereiro como ganador; o en el de 2007, con la descalificación de Alexander Vinokourov en beneficio del español Alberto Contador. Y así una innumerable lista de situaciones donde la gente usa estímulos externos para encontrar o bien éxitos deportivos o satisfacción personal. Tenemos la sensación de que el fracaso es la amenaza diaria que nos llevará a una cierta desesperación, y con ella a la búsqueda de soluciones muchas veces irracionales y precipitadas.
Con todo esto, la realidad y la cordura son el regazo donde reposa el aburrimiento. Y en él se amontonan una masa variopinta de personas con la única intención de encontrar, por la vía que sea, una escapatoria donde poder disfrutar de una realidad artificial, siquiera por un tiempo limitado, que les conduzca al éxito, aunque sea pasajero, o al divertimento semanal, incluso a sabiendas de que ello puede conducir a la pérdida de un título, o el padecimiento de una brutal resaca. Porque el éxito en los distintos ámbitos sociales y la diversión son caminos que llevan a una cierta felicidad.
Sigmund Freud afirmaba que «la vida tiene como único objetivo la satisfacción del principio del placer a través de la felicidad». Pero el camino que conduce a ella está lleno de obstáculos. La felicidad es escurridiza como un gato mojado. Y en la urgencia de la vida diaria, desde la normalidad laboral o familiar, vemos a la felicidad surcando el tiempo paralela a nuestra existencia, pero con la única posibilidad de rozarla tan sólo levemente.
Mucha gente quiere una felicidad que se manifieste hoy, ahora, en el momento en que necesitan su presencia con la premura de un usuario multiatareado, con el tiempo repartido en tantas actividades diarias como sea capaz de llevar a cabo en una jornada de diez horas de trabajo, alguna de descanso y pocas de ocio. Y cuando hay un desequilibrio entre el laboreo y el recreo se produce ese déficit de felicidad que padece la ciudadanía. Luego llegan las prisas del fin de semana para poder equilibrar aquello que ya no tiene remedio. Y el desequilibrio se va acumulando sobre la frente transida. Hasta que muchos se disponen a no renunciar a esa parcela de la que se creen merecedores y quieren comprar la felicidad a través de estimulantes que la generen a precio fijo, a tiempo parcial, con pago al contado y con resaca imprevisible.
En realidad todo es cuestión de hormonas, y las endorfinas son algunas de las responsables. Pero para producirlas hay que llevar el cuerpo por derroteros diversos, y uno de ellos es el deporte. Por eso a Fernandito Alonso y los demás pilotos de Fórmula-1 habría que llamarlos glotones de la endorfina. Porque la generan a borbotones. Son ávidos de felicidad. Y usan el ejercicio como fábrica de endorfinas para combatir el estrés, mientras la competición vuelve a estresarlos de nuevo en una rueda sin fin. De ahí que el deporte siempre se renueva. Pero no se puede triunfar en él desde los estupefacientes. Es como usar un atajo. Que es lo que hacen todos los que el fin de semana quieren alcanzar la «pole» de la felicidad rebasando al coche de seguridad, sabiendo que las normas están para cumplirlas. En caso contrario, corres el riesgo de abandonar la carrera de la vida.