MANUEL HERRERO MONTOTO
A los padres de las células madre, Capecchi, Smithies y Evans, premios Nobel de Medicina 2007.
El genoboticario abrió la puerta de su genobotica. Un día de niebla, excesiva humedad en el ambiente, a la memoria le vinieron aquellos días de relente matutino, ¡qué tiempos!, por entonces, no faltarían a la cita de su establecimiento de salud todos los reumáticos de la zona con un ¡ay, huy! de insufribles dolores articulares. Hoy las ciencias adelantan, tatareó el genoboticario que recién había cumplido los 278 abriles, que es una barbaridad. En su genolaboratorio no encontramos matraces, ni tubos de ensayo, ni pipetas, las donó después del cambio climático al Museo Anacional de Arqueología Farmacéutica. En su lugar, pantallas de monitores de visión tridimensional con secuencias genomáticas que parecen lombrices bailando un mambo. Ojeó en otra pantalla el listado de los que vendrían a recoger su revisión de genoma. Hostis, exclamó para sus adentros, ¡le toca a la señá Clotilde!, en efecto, hacía sólo treinta años de la última revisión de su genoma. Abrió el archivo donde se fraguaba el mapa genético de la Cloti, y ¡qué lastima!, aparece la mutación 25A en el gen de la sonrisa. ¡Pobre, con lo risueña que era! Con poca esperanza fue al genolaboratorio, antigua rebotica. Los ratones colorados en vez de orejas puntiagudas tenían antenas televisivas vía satélite y unas prominencias en la espalda, a modo de mochilas, donde guardaban sus específicas células madre. El genoboticario se puso al micrófono y, en la lengua de los roedores, dijo: ÜÜTagatagitatagoÝÝ. Ningún ratón levantó el rabo. Lo siento, pensó con tristeza, ninguno posee la célula específica, pobre Cloti, se quedará sin su sonrisa.
En punto llegó la mujer. Hombre, Cloti, saludó el genoboticario, cuántos lustros. Pues ya ves, Hilarión, desde que quedé medalla de plata en «Montaje estanterías IKEA», recordarás que sólo me sobraron dos tornillos y tres tuercas. Lo recuerdo, hija, todo un récord, de ello hizo buen eco la prensa digital. Seguí cosechando éxitos, todavía el último verano, con mis 625 años a cuestas, fui accésit en el «MCXVI Certamen Abre fácil». ¡Qué barbaridad, Cloti, está usted hecha una moza! No lo crea, Hilarión, van pesando los años. Y llegó el momento, le confesó el genoboticario a su paciente la fatídica mutación que la dejaría sin la sonrisa de toda la vida. Bajo Cloti la cabeza y preguntó sin esperanza: ¿no hay célula madre? No. Me llegó la hora, Hilarión, deme una buena pastilla fin de trayecto. Vale, mire, tenemos la EU-P, o muerte por pigazu, la EU-AM, o muerte en arrobo místico, la EU-T, muerte tradicional, y la EU-Mix, que se muere con un poco de todo. La última, Hilarión. Tome, Clotilde, son dos mil euros. Jope, chico, lo que cuesta hoy morirse. Y que lo digas, chica.