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Oficios que mueren

 
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Oficios que mueren
Oficios que mueren 

JOSÉ DE ARANGO En la ciudad en la que vivo algunos días de la semana, con el censo de población más elevado de Asturias, ya encontramos muy serias dificultades para conseguir que te arreglen unos zapatos, localizar un carpintero que vaya a casa a colocar unas tablas desajustadas, o quien te afile los cuchillos y las tijeras. Con buen olfato comercial alguna de las grandes superficies tienen un pequeño departamento con un oficial que tiene gran demanda para hacer copias de llaves porque lo otro no registra precisamente aglomeración, que todo hay que decirlo. Vivimos unos tiempos en los que casi todo lo que se estropea, se tira.

Cuando los Astilleros del Cantábrico y de Riera, en la bahía gijonesa que ahora ha dado paso a la especulación del ladrillo, tenían cerca de un millar de trabajadores, se entraba como aprendiz en cualquiera de las dos factorías con una paga diaria de doce pesetas con setenta y cinco céntimos, en tiempos en los que una pensión modesta costaba cinco duros al día.

Aquella incorporación a un trabajo a la edad de catorce años tenía poco salario pero en cambio contaba con una cláusula en el contrato que beneficiaba a la parte contratante y a la contratada. La jornada de trabajo finalizaba a las cinco de la tarde. Pero los aprendices tenían vía libre a las cuatro para poder incorporarse una hora después a las aulas de la Escuela de Formación Profesional o a las de la Fundación Revillagigedo, en el Natahoyo, a pie mismo de astillero.

Pero aún hay más. A cada aprendiz que estudiaba se le facilitaba por parte de la empresa todo el material escolar que necesitaba. Desde libros hasta una caja de compases. Las clases se iniciaban a las cinco y acababan a las diez, salvo los jueves, que había a las ocho y media vía libre para ir al baile, al cine o a ver algún partido televisado, que ya comenzaba esa fiebre. A final de curso, si aprobabas, la empresa te ascendía de categoría y por tanto te aumentaban el salario.

Y así se fueron formando extraordinarios ajustadores, torneros, carpinteros, delineantes, fresadores, herreros y otros profesionales que la especulación de terrenos por parte de las inmobiliarias mandaron al paro porque los astilleros pasaron a ser historia. Pero muchos de ellos, como eran muy buenos, encontraron pronto un puesto de trabajo. A estos oficiales en distintas especialidades había que añadir, naturalmente, los que se formaban por libre, es decir, acoplándose como aprendices con un profesional autónomo.

La Formación Profesional ha sido siempre mal vista por aquellos padres que querían que sus hijos, pese a no servir para hacer un buen papel en la Universidad, no se quedasen en oficiales de lo que fuese. En las dos últimas décadas la FP abarcó incluso a profesiones tan dispares como la de pescador o la de técnico de laboratorio. Hubo modificaciones en los ciclos y en los programas. Y llegó incluso a institutos de nuestra área rural. Con muy buenos éxitos, además, en cuanto al nivel de formación se refiere.

Actualmente la Formación Profesional parece que no recibe la atención que sería de desear. Algo sucede porque hay noticias de que en este curso que acaba de comenzar hay centros que no la imparten ya cuando llevaban algunos años acogiendo alumnado de varias especialidades. Se argumenta que no se está ofreciendo la información que haría que de nuestras áreas rurales surgiesen más alumnos. Y puede que por ahí se detecte ya uno de los fallos del sistema oficial puesto que no proliferan precisamente las campañas que anuncian la apertura de matrículas, plazos y demás.

No hace mucho tiempo desde el Instituto de Salas se llevó a cabo un programa para dar a conocer, mediante el desplazamiento de sus propios profesores por todos los concejos de la comarca, las disciplinas que se pueden estudiar en el centro salense relacionadas con la madera, y hubo centros en los que se autorizó la charla con el alumnado solamente en el recreo. Y se ha dado el caso de un instituto cuyos responsables no recordaban siquiera que habían recibido una comunicación para celebrar una reunión informativa sobre la Formación Profesional.

Un paso posiblemente fundamental para que la Formación Profesional reciba la atención necesaria sería adoptar la medida que ha puesto en práctica el Ayuntamiento de Salas, que consiste en subvencionar una línea de autobús que acerque a su instituto a alumnos de otros concejos limítrofes que no tenían medios para el desplazamiento diario hasta las aulas. Es, sin duda, una de las inversiones municipales que merece mayor consideración y respeto, puesto que cuanto se invierta en educación y formación va en beneficio de la comunidad en general.

Los éxitos que curso a curso está consiguiendo el Instituto de Salas en la Formación Profesional en la especialidad de la Madera se basan, fundamentalmente, en una dirección y un profesorado que además de enseñar bien se relacionan con los sectores de la sociedad directamente implicados, entre los que hay que destacar especialmente a las familias de los propios alumnos. Y esa relación es fuente de información continua para los pueblos, para los padres de futuros alumnos que creen que una buena salida a la vida laboral de sus hijos es la Formación Profesional estudiada con algún sacrificio pero, al fin y al cabo, cerca de casa.

Para algunos oficios que mueren puede que ya no haya formación profesional que los salve -herreros, cesteros, madreñerosÉ- porque su aprendizaje es por tradición o herencia generacional. Pero los programas de Formación Profesional actuales abarcan tantas disciplinas que están siendo muy bien aceptados por los jóvenes de nuestra Asturias rural, que no ven en el sector ganadero ninguna posibilidad de futuro y sí en cambio tienen unos buenos deseos de estudiar y de formarse para ser unos buenos profesionales, conjugando la técnica y la práctica sin olvidarse de un muy estimable nivel cultural, que también hace mucha falta para que nuestra sociedad rural nunca jamás vuelva a estar marginada.

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