J. M. CARBAJAL
La ciudad de Cangas de Onís se convirtió durante la jornada de ayer, con motivo de la celebración del decano de los certámenes queseros a nivel estatal, en un verdadero «hervidero» de gente. Valga como nota meramente anecdótica, sin ánimo de inmiscuirme en absurdas polémicas, el retorno de kilométricas caravanas de automóviles en el principal acceso a la urbe, por la carretera N-625. Vino a ser tal la afluencia de visitantes que, en las horas centrales del mediodía, se registró una hilera ralentizada de vehículos hasta pasada la localidad de Les Roces. Es más, el macroaparcamiento del barrio de El Lleráu, al lado de la estación municipal de autobuses, se convirtió en ésta oportunidad en un miniparking, merced a la impresionante ocupación que presentaba.
La masiva respuesta de público repercutió positivamente, como no podía ser de otra manera, en el nuevo éxito de la muestra de quesos de la comarca de los Picos de Europa. El «techo» de cotización del gamonéu del puerto, ya con las preceptivas piezas etiquetas, quedó hecho añicos en esta oportunidad, llegando a cotizar a nada menos que 33 euros/kilogramo. Sin embargo, hubo elaboradores que pusieron su producto a sólo 30 euros el kilo, lo que dejó bien a las claras la escasa falta de criterios para consensuar unas posturas totalmente comercializadoras y en beneficio del cliente. ¡Ah! Para nada pretendo entrar en asuntos de calidad-precio, ya que con el paso del tiempo será el propio mercado quien ponga a cada cual en el sitio que en realidad se merece.
Hace bastante tiempo que consideré nada acertado el meter la cabeza bajo el ala -la organización, ésta a cargo del Ayuntamiento-, escurriendo el bulto de la mejor manera posible, en el momento de establecer los precios de venta al público, tanto en esta veterana muestra como en las restantes que se llevan a cabo durante la época otoñal en la comarca del Oriente. Creía que las cosas se tornarían cuando comenzase su andadura la denominación de origen, en lo referente al auténtico gamonéu de los puertos altos, pero resulta que, a tenor de lo observado, estaba totalmente equivocado. ¿Cómo es posible que exista una sintonía total entre los artesanos del cabrales y no ocurra lo mismo con los del gamonéu? Una diferencia de 3 euros/kilo entre uno u otro elaborador sí es para preocupar, o mosquear, al potencial cliente.
A todo esto, el «oro» del gamonéu del puertu continúa en escalada permanente. No hay nadie que lo pare. Ni antes sin etiqueta ni ahora con varios protocolos burocráticos. Como si 33 euros (nada más que 5.500 de las antiguas pesetas) no fuesen nada, toda una reliquia para los pudientes bolsillos de los consumidores. Conste que, mientras la demanda esté ahí, el «subidón» aguardará -ni IPC que valga- siempre a la vuelta de la esquina o, mejor dicho, cada 12 de octubre. Al lado de los 20 euros que suele cotizar en otros círculos gastronómicos bien distintos, y distantes, el kilogramo del afamado roquefort, un mundo les separa. ¡Quién lo diría no hace mucho!
«¿Tú qué prefieres, comprar un kilo de gamonéu a 33 euros o pagar un kilogramo de percebes a 150 euros, como cotizaron hace unos días en la cofradía de Luanco?», me interroga un conocido industrial cangués. Las dudas me invaden por unos instantes, aunque estemos merodeando entre marisco o el queso más caro del planeta: el gamonéu del puertu. ¿De calidad suprema? Ahí está el quid de la cuestión, a un lado la confianza que despierte el artesano-elaborador de turno entre los compradores del distinguido manjar, cueste lo que cueste. En fin, me apunto a una suculenta «tayada» de gamonéu del puertu, algo lejos de las brisas gozoniegas.