El negocio de la crisis inexplicable

08.04.2008 | 00:00
El negocio de la crisis inexplicable
El negocio de la crisis inexplicable

Estoy empezando a pensar que el calentamiento global no es consecuencia, sólo, de que la atmósfera se caliente debido al CO2 que sale de las chimeneas, sino que también influye, y para mí que bastante, la temperatura de nuestras cabezas; que suelen estar que echan humo y ahora más calientes que nunca debido a que no se explican el porqué de esta crisis.


Todo está que echa humo; el clima, los glaciares, la Bolsa, los bancos, los melones de nuestras cabezas y hasta el cuerpo de esa libélula que nos hacía cosquillas prometiéndonos la adolescencia perpetua.


De momento aún no ha pasado nada. Pasaron las elecciones, llegó la primavera, adelantamos el reloj una hora y las mujeres han empezado a lucir piernas y escotes para demostrar que son diferentes y más hermosas que los hombres. Lo cual demuestra que, además de seguir todo igual, contamos con un sol radiante que invita a buscar una sombra para sentarse a leer sin angustias. Así que cuando leemos o escuchamos decir a cualquiera que este mundo se desmorona nos entra la risa tonta. Sonreímos de oreja a oreja a pesar de que nos están diciendo, desde hace ya medio año, que se acabó lo que se daba, que esto no es Jauja. Que estamos inmersos en una crisis que exigirá medidas desagradables y que, aunque todavía no se oigan las voces de quienes piden auxilio, hay mucha gente con el agua al cuello por mucho que otros sigan sonriendo y hartándose de marisco.


El crecimiento espectacular y los grandes beneficios de estos últimos años han propiciado que la economía se vaya a pique y amenace con salpicar de pobres el paisaje que alberga el lujo y la moda.


A primera vista resulta inexplicable. Nadie sabe qué ha podido pasar ni cómo ha sido que no nos hemos dado ni cuenta, pero en esto, como en otras cosas, los ciudadanos corrientes somos los últimos en enterarnos.


Es posible que todo sea mentira, pero, aunque así fuera, debemos tener presente que una simulación perfecta equivale a una realidad tangible. Por eso que al no contar con imágenes, (las crisis nunca se televisan) y no encontrar respuestas para este inesperado cambio de rumbo cabe pensar que todo es obra de alguien empeñado en darle a la vida un carácter de lucha y guerra constantes. Alguien a quien le interesa mantener su poder, y su influencia, y entiende que una forma de mantenerlo es darle emociones al mundo. Es hacer que vuelva el peligro, el sentimiento de culpa y el riesgo de una catástrofe.


A lo mejor, la cosa es así de simple. Puede ser que ésa sea la clave de la trama inexplicable porque hay quien sostiene que los problemas de la economía sólo se solucionan si abandonamos la idea de resolverlos de forma empírica. Es posible que no lo expliquen porque científicamente no es explicable, porque quizá se trata de un timo parecido al de la estampita o de un tocomocho de proporciones gigantes. En líneas generales, todos somos egoístas y nuestro propio egoísmo va creando las condiciones para que otros egoístas, mucho más listos, se multipliquen y hagan negocio.


Los datos que se conocen, si los tradujéramos en guarismos, evidenciarían la certeza de que explicar lo que ha sucedido será imposible. Nunca se conocerá lo que pasó y de nada servirá insistir en que las personas tenemos que razonar en términos de causa y efecto para asumir la validez de nuestros pensamientos y no volvernos locos del todo.


La culpa de la crisis no la tendrán las entidades financieras ni los presidentes de las empresas que se han estado adjudicando, durante años, enormes beneficios. Tampoco será culpa de los excesos del capitalismo ni de los cambios que se hicieron en las reglas de contabilidad para que los directivos pudieran recibir «stock options» sin computarlas como gasto. La culpa, ya lo verán, será del chachachá. Del pobre obrero que compró un piso por 300.000 euros sabiendo que le estaban timando, que estaban cobrándole el doble de su valor.

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