Destino Avilés, sin parada en Nueva York

 
Destino Avilés, sin parada en Nueva York
Destino Avilés, sin parada en Nueva York 

ALBERTO DEL RÍO LEGAZPI Relaja bastante jugar con la videoconsola histórica. Hoy, por ejemplo, le introduzco el cartucho, también vale una tarjeta DS, correspondiente a Camposagrado-Avilés.


Se inicia el juego justo cuando amaneció esta villa rodeada de murallas, su antigüedad más palpable, ya que Avilés no tiene -de momento- partida de nacimiento. Pedazos de esta ancianidad empedrada andan hoy por los suelos, protegidos por cristal blindado y que solamente se pueden contemplar en dos sitios de la calle llamada, claro, de La Muralla: en una sidrería -establecimiento asturiano de bebida del mítico líquido dorado, cuya cata puede que sea uno de los actos más democráticos que se conocen- y en el palacio de Camposagrado, que actualmente es algo así como una sofisticada biodiversidad cultural.


Tocando la tecla derecha de la videoconsola, los sucesos comienzan a venir y me meten de un salto en el siglo XVII, pasando por encima de los tiempos de templos románicos, palacios góticos, fueros, alfolíes y reyes católicos.


Porque fue en el siglo citado cuando vino a Avilés el invento del Barroco, que originó una plaza Mayor asombrosa y dos calles de película, Rivero y Galiana. Pero lo fetén de ese arte está reflejado en la fachada sur del palacio de Camposagrado, que es el carajo la vela de tal movimiento arquitectónico que contemplarse puede en Avilés, Asturias, España y parte del extranjero.


Vino luego la invasión napoleónica, sangriento suceso que se llevó por delante la vida de más de doscientos habitantes de Avilés, que plantaron cara en Valliniello a la caballería francesa, que luego entró en la villa e instaló su cuartel general en el palacio de Camposagrado.


Vino después una mujer de mucho temple, la primera empresaria de la historia de Avilés, llamada Serrana Gutiérrez-Pumarino, y montó al lado de Camposagrado el hotel La Serrana, donde, según Pérez Nieva, se almorzaba tan excelentemente como en el Lhardy de Madrid.


Vino más tarde el abandono infernal de Camposagrado, y luego su resurrección gloriosa.


Vino, por fin, la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias, a la que Román Antonio Álvarez, su adelantado, hospedó en el Camposagrado. Y desde entonces comenzó a ganar categoría esta factoría creativa, cuyo último producto es una pequeña obra de arte premiada en certamen al uso. Se trata de un libro titulado «Destino Avilés», editado por el Ayuntamiento de la ciudad y diseñado por alumnos de este centro de arte, que no está ni en Berlín ni en Nueva York, sino en Avilés, como dije.


Vino anteayer la noticia en la prensa.


VinoÉ ¿vino? ¡Ah, sí! Yo tomaré un rioja.

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