El triunvirato Aréstegui, Goñi y Caunedo

17.04.2008 | 00:00
El triunvirato Aréstegui, Goñi y Caunedo
El triunvirato Aréstegui, Goñi y Caunedo

El triunvirato más conocido fue el formado en el 43 a.C. por Octavio, Marco Antonio y Lépido. Comenzaban tres, pero siempre acababa gobernando uno solo. Los dos más fuertes eliminaban al más débil. En este caso concreto Augusto y Marco Antonio se cargaron a Lépido en el 36 a.C. Pasado el tiempo volvió de nuevo la lucha entre Octavio y Marco Antonio para dilucidar quién ostentaba el poder absoluto en Roma. Fue Octavio el que lo alcanzó al vencer a Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Accio ( 31 a.C.)


Lo de los señores Aréstegui, Goñi y Caunedo no tiene nada de épico, pues en realidad son meros representantes del tándem formado por don Ovidio Sánchez y don Gabino de Lorenzo. El problema radica en que existe un triunviro al mismo nivel de poder que ambos. Lo podemos denominar «Alicia Castro Masaveu», «Juan Morales» o «René». Son ellos los que, de una u otra forma, encauzan el descontento que existe en miles de afiliados y simpatizantes del Partido Popular asturiano. Ahora bien, si analizamos las tácticas y forma de actuar que han tenido hasta ahora los señores Sánchez y De Lorenzo para vencer la fuerte contestación interna, siguen siendo las mismas que emplearon los generales romanos: desmoralizar a las huestes del adversario y prometer, a continuación, el ingreso en las filas de los vencedores a los que deserten.


Bajo este aspecto, el trabajo de los minitriunviros don Fernando, don Joaquín y don Agustín Iglesias no deja de ser mera tarea de subordinados. Se han unido para amedrentar a los decididos y atraer a los indecisos. Pero tal planteamiento sigue siendo miope, ya que más pronto que tarde volveremos a ver a don Ovidio y a don Gabino de Lorenzo retornar a sus consabidos enfrentamientos. Si ha ocurrido unas cuantas veces en el pasado, lo lógico es darlo como posible en el futuro. Y si no aconteciera o aconteciese así, es que algún dato importante y nuevo se escapa al común de los mortales peperos.


Don Ovidio, como presidente del PP asturiano, tiene la obligación de poner todos los medios para que los afiliados puedan elegir democráticamente los compromisarios que les representarán en el próximo congreso nacional y, por supuesto, elegir la comisión pertinente que se encargue de gestionar y organizar su desarrollo. Lo que no es de recibo es que haya repartido la cuota. A él le tocan dos y a don Gabino uno. ¿Qué se hace con los demás ayuntamientos o agrupaciones locales? Pues se les convoca para que se unan a la renovación emprendida por los dos líderes.


A don Gabino de Lorenzo, como alcalde de Oviedo, hay que reconocerle, y a título personal agradecerle, su ingente labor como corregidor de nuestra querida Vetusta. Pero en el tema concreto que nos ocupa es ilógico seguir «mareando» a los afiliados y votantes del PP. Como liberal que es, debería dejar claro que respetará por encima de cualquier otro criterio la libertad de voto de los compromisarios que correspondan a la agrupación de Oviedo y que la decisión de don Ovidio de apoyar la candidatura de don Mariano es legítima y respetable como elección personal, pero que bajo ningún concepto supone que haya habido una entente entre ambos para encauzar el voto de los compromisarios en esa dirección.


Cuentan, no obstante, con un aliado fiel. Los ciudadanos somos más sociales que racionales a la hora de afrontar los problemas del grupo. El poder y los aparatos de los partidos conocen tal comportamiento y saben que, apelando a tal instinto primario, tienen todas las de ganar. Sólo se quiebra tal tendencia cuando surge alguien que genera más confianza y seguridad al grupo. Eliminarlos a través del camuflaje con su incorporación en el organigrama del aparato o anestesiarlos con prebendas son estrategias de sobra conocidas por los detentadores del poder.


Todos los partidos las emplean, pero en el caso concreto que nos ocupa, la dirección del Partido Popular asturiano lo está haciendo de forma burda. El problema se acrecienta cuando las bases y el líder en el que depositan su confianza no se arredran y salen al ruedo del congreso a defender su lidia y su toreo. Antes, siempre se tenía a mano el brebaje o el oculto puñal que acababa con el cabecilla en el momento oportuno. Ahora es la red de los intereses político-económicos la que intenta por todos los medios inutilizar o amordazar al intrépido luchador.


Los problemas del Partido Popular asturiano sólo se solventarán si los compromisarios anteponen la libertad a la mohína sumisión.


Los dirigentes del PP piensan que los españoles hemos apostado en la últimas elecciones por lo segundo. Pues aplíquense el cuento y defiendan entre los suyos, con las palabras y con los hechos, la libertad.


José Luis Magro es profesor de filosofía.

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