EN DIRECTO

Bolivia (Competencia perfecta en el «mercado de la pobreza»)

 
Bolivia (Competencia perfecta en el «mercado de la pobreza»)
Bolivia (Competencia perfecta en el «mercado de la pobreza»)  

LUIS FERNÁNDEZ DE LA BUELGA Las huellas que dejó en mi memoria un reciente viaje a Bolivia las puedo abreviar parafraseando al profesor Cándido Pañeda -La Nueva España, 13 de abril de 2008-: «Llora, lloramos también por ti, Bolivia». Derramo lágrimas por ti, no tanto por las medidas antiguas de política económica que adopta tu Gobierno -dicen allá que con el asesoramiento de expertos españoles-, cuanto por la confusión que reina entre tus pacíficos y hospitalarios ciudadanos, y singularmente por el nivel de pobreza que acabo de tocar con las manos en Santa Cruz de la Sierra: en el plan Tres Mil y en Los Lotes-El Nuevo Palmar, cinturones de miseria de este poblado departamento tuyo; lloras tú también, porque la senda que has tomado está atestada de dificultades.



Con tu permiso, con el de mis amigos los voluntarios y cooperantes (bolivianos y españoles) que trabajan en Santa Cruz, voy a narrarles brevemente a mis paisanos cómo te he visto; es mi percepción, no quiero molestarte.



El escenario político-social.



La República de Bolivia, distinguido lector, vive un momento político y social que me atrevo a denominar caótico: primero, porque a la desintegración del sistema electoral (la Corte Nacional Electoral) se suman la del Tribunal Constitucional y los problemas para redactar y aprobar la nueva Carta Magna, y la prohibición -«autonomía para las logias», acaba de decir Evo Morales- de referendos autonómicos; el de Santa Cruz se celebrará mañana. En segundo término, porque a la ausencia de estas instituciones también se unen conflictos étnicos, de clase? Como se señalaba el 12 de marzo en las páginas de «El Deber», cada sector de la sociedad, cada departamento -añado- tiene su propia visión de cuál es el problema nacional, pero todos coinciden en señalar que la culpa es del otro: del indio, del colla, del camba, del cruceño, del empresariado oligarca -me llegaron a decir-, de las transnacionales? La sociedad boliviana, en suma, se halla dividida y desencantada con el proyecto del Movimiento al Socialismo (MAS) del que esperaban respuestas para los problemas que acongojan a la población (pobreza, pensiones, sanidad, educación, corrupción y otras).



Para más inri, en este escenario institucional desordenado, este verano irrumpió en amplias zonas del país el fenómeno atmosférico de «La Niña», que, como si los dioses quisieran desaparecerlo de la faz de la tierra, dejó un rastro de muertes y miles de damnificados, eliminando infraestructuras que imposibilitaron durante semanas las comunicaciones dentro y entre las provincias, principalmente en el sur de Santa Cruz y Cochabamba, llegando a carecer la población de medicamentos y artículos básicos.



Se preguntarán algunos lectores ¿y cuál es el papel que está representando la Iglesia en estas circunstancias, en este conflicto institucional e interracial? Puede resultar atrevido pronunciarse. No obstante, al cardenal Julio Terrazas le he oído interpelar repetidamente a la población en la necesidad de conciliar las aspiraciones de unos y otros, de reducir la pobreza y la desigualdad; de evitar por todos los medios que la disputa se intensifique. Con menos eco sobre el conjunto de la nación, que no de menor significación, monseñor Castellanos, premio «Príncipe de Asturias», amén de mensajes a la población en línea con la doctrina social de la Iglesia, convive con los desdichados del plan Tres Mil. En este barrio ha edificado con ayuda española la denominada «Ciudad de la Alegría», desarrollando proyectos educativos y humanitarios; este obispo paramés encarna la religión con mayúsculas; no la que desde los púlpitos se trata en esta parte del mundo. Y, en fin, eleva su voz sin temores cuando se pronuncia sobre la situación sociopolítica. Así pues, estimo que la función que está desempeñando la Iglesia en Bolivia es moralmente eficaz y digna de alabanza.



Exótica política económica



Conocido es que Bolivia está situada en los primeros lugares del ranking de la pobreza en América Latina. Bastan para atestiguarlo algunas cifras: el ingreso medio por habitante fue en 2006 de 1.153 dólares americanos; el salario mínimo de 525 bolivianos (bs) -setenta euros-, y, el promedio salarial para el conjunto de los trabajadores, de 967 bs -128 euros-; para los empleados -distinción del INE boliviano- 229 euros mensuales; en dicho año, el 65 por ciento de la población vivía en la pobreza; el 40 por ciento, en situación de extrema pobreza; en los barrios de Santa Cruz que visité -embalse de las gentes que huyen de sus tierras del altiplano buscando un futuro mejor-, estos porcentajes, según algunas fuentes bolivianas no gubernamentales, pueden llegar al 80 por ciento. En los últimos años, la situación no parece haber mejorado, pese a las exportaciones de energía y minerales (gas, petróleo, oro -norte de la Paz y Beni-, plata, cinc, estaño, tungsteno y sodio). Las remesas de emigrantes (mil millones de dólares por año), como me indicó -lamentándolo y, tal vez, exagerándolo-, nuestra psicóloga, Daniela, estos recursos que vienen de España se emplean en celulares? La caída de la inversión privada y todo el cúmulo de incertidumbres que se desprenden del contexto apuntado están haciendo que el crecimiento del producto interior bruto resulte a todas luces insuficiente para reducir la pobreza, objetivo primordial de las Naciones Unidas para el año 2015 (Objetivos del Milenio). Por lo demás, el país contabiliza desajustes económicos significativos; por ejemplo, el tipo real del ahorro es negativo en un 5 por ciento y el del crédito ronda incluso el 10 por ciento real (hasta el 20 por ciento nominal).



Por otra parte, las actuaciones del Ejecutivo en las últimas semanas alejan la esperanza de una política económica que ataje los problemas que enumeraba al comienzo de estas líneas. En efecto, a las nacionalizaciones de los hidrocarburos seguirán -según acaba de anunciar en Perú el presidente- las de la minería, la tierra y los recursos forestales; por decreto, está prohibida desde hace semanas la exportación e importación de artículos de primera necesidad, decisión que ha sembrado su geografía política de huelgas, manifestaciones y bloqueos de carreteras. En particular, los operadores de la cadena de valor del aceite vegetal -desde el agricultor de soya (soja) hasta el transportista, pasando por la industria transformadora- se han unido para contestar esta exótica actuación, contraria a las reglas del comercio internacional. El Gobierno pretende que se reduzcan los precios internos de los artículos básicos. El propósito es loable, en un país con los índices de pobreza apuntados, si no consideramos la opinión de aquellos que señalan que se trata de una acción monopolística, tendente a crear una gran empresa pública aceitera. Sin embargo, debe señalarse que de la producción de aceite vegetal, el 70 por ciento ha de ser necesariamente destinada a los mercados exteriores, ya que el consumo interno no puede absorberla. Por tanto, la medida habría de modificarse, si se quiere evitar un deterioro aún mayor del clima económico y social, la ruina de agricultores de reducido tamaño y la destrucción de los mercados de exportación.



En este orden, no puede obviarse la preocupación que existe a nivel mundial por el encarecimiento de los productos alimenticios -desde 2004 el incremento promedio fue, según el Banco Mundial, del 37 por ciento; para 2015, se estima en el 56 por ciento-. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), así como el Banco Mundial están estos días celebrando sesiones monografías sobre estas cuestiones. Pero, en fin, estas intervenciones en la economía boliviana sólo pudieran comprenderse, si contemplamos, como se indicó antes, los altos índices de pobreza, de desigualdad -el 10 por ciento de la población recibe el 40 por ciento de la renta- y de corrupción, y especialmente en el caso del aceite y otros productos básicos, si recordamos que en los países pobres, como el que nos ocupa, el 60 por ciento del gasto familiar se destina al consumo de estos bienes, frente al 10 por ciento en los desarrollados. Ciertamente, este fenómeno mundial de elevación de los precios de los alimentos hará más pobres a los más pobres; los de Bolivia, África, Asia? La solución no se vislumbra.



Mercado de la pobreza



Para concluir la crónica de esta visita a Santa Cruz, creo que debemos preguntarnos si desde aquí hacemos algo para mitigar el hambre y la pobreza de los bolivianos, en cuyo país España permaneció hasta 1825; y que además, con motivo de la guerra civil, acogió fraternalmente en su seno a no pocos españoles. ¿Los recibimos ahora con igual trato? ¿Cooperamos con los que tratan de ayudar a estas gentes? Sepa el lector de estas notas que, más allá del quinto anillo, en los cinturones de la ciudad tantas veces citada trabajan abnegadamente cooperantes y voluntarios españoles en condiciones muy precarias; viven como ellos, participando de su pobreza. El sustento básico para muchos de sus habitantes -además de la «renta dignidad» de 200 bs/mes, que, desde el uno de enero de 2006, aprobó el Gobierno para los mayores de 60 años- proviene de la elaboración y venta de alimentos o chucherías (las condiciones sanitarias no son las más recomendables) en puestos situados en la misma calle. Se trata de «negocios fugaces»: el éxito -debido a la competencia- en uno de ellos les termina expulsando (sin coste) a la búsqueda de nuevos «negocios» (sin barreras de entrada) en un inevitable ir y venir que no puede tener final; «es la competencia perfecta» -me dice un licenciado en Economía-, al que le maticé: «Querido Luis, de acuerdo; se dan algunas de las condiciones de la institución de mercado que estudiaste, pero yo lo etiquetaría más bien como "competencia perfecta en el mercado de la (subsistencia) pobreza"». No le pareció bien la observación; el tiempo y la convivencia en aquel medio, aunque hostil, hace ver a los cooperantes que lo atípico es el modelo de vida de aquí. ¿Tendrán razón?





Luis Fernández de la Buelga es presidente de la ONGD Fundación Plataforma Solidaria Asturias y profesor titular de la Universidad de Oviedo. Ha sido director de la Fundación Banco Herrero.

  HEMEROTECA
      CONÓZCANOS:   CONTACTO |  LA NUEVA ESPAÑA |  CLUB PRENSA ASTURIANA |  PUNTOS DE VENTA |  PROMOCIONES      PUBLICIDAD: TARIFAS| AGENCIAS| CONTRATAR   
Lne.es y La Nueva España son productos de Editorial Prensa Ibérica
Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de La Nueva España. Así mismo, queda prohibida toda reproducción a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, Ley 23/2006 de la Propiedad intelectual.


  Aviso legal
  
Otros medios del grupo Editorial Prensa Ibérica
Diari de Girona  | Diario de Ibiza  | Diario de Mallorca  | Empordà | El Diari  | Faro de Vigo  | Información  | La Opinión A Coruña  |  La Opinión de Granada  |  La Opinión de Málaga  | La Opinión de Murcia  | La Opinión de Tenerife  | La Opinión de Zamora  | La Provincia  | Levante-EMV  | Mallorca Zeitung  | Regió 7  | Superdeporte  | The Adelaide Review  | 97.7 La Radio  | Blog Mis-Recetas  | Euroresidentes  | Lotería de Navidad | Oscars | Premios Goya