El hambre

 
El hambre
El hambre  

SAMI NAIR En su último informe, la ONU alarma sobre la situación alimenticia a escala planetaria. El diagnóstico es sencillo: nunca una situación ha sido tan peligrosa humanamente como hoy en día. Los motines del hambre de estos últimos meses en Egipto, Haití, Camerún, México, señalan lo que puede ocurrir rápidamente. Países fronterizos de Europa como Marruecos o Moldavia padecen cada vez más un aumento muy preocupante de la pobreza, sobre todo la de los campesinos marginados y los habitantes de las chabolas. Sin contar con que estos mismos países se han vuelto países de inmigración, donde tanto los flujos procedentes de África como los del Este se concentran.


La FAO acaba de publicar una lista muy ilustrativa de países víctimas de la crisis alimenticia actual: 21 en África, 9 en Asia, 5 en América Latina, 2 en Europa (Moldavia y Chechenia). Estas dos últimas décadas, el hambre había sido, si no vencido, por lo menos reducido significativamente. Hoy, con la crisis del sistema económico internacional, la hidra del hambre ha vuelto a amenazar a la parte más débil de la Humanidad. En los próximos veinte años, 1.200 millones de personas van a tener hambre, o sea, 600 millones más que hoy en día. Conocemos las razones de esta catástrofe humana y sabemos sus consecuencias sobre el tejido sociocultural: nuevas pandemias, caída de la escolarización, aumento de las desigualdades, sobre todo entre sexos, desplazamientos de poblaciones anárquicos e incontrolables, motines, represiones, guerras tribales por el reparto de las tierras y del agua, etcétera.


La causa más importante no tiene nada que ver con la pobreza «natural» de estos países, sino con el sistema económico internacional y el (no) reparto de las riquezas dentro de cada país. Las estructuras sociales son las que condicionan más gravemente el círculo vicioso de la pobreza. El cambio climático, el aumento de los precios de los cereales, en particular del trigo, del aceite, sin hablar del azúcar, de la harina, y de todos los productos de primera necesidad, ligados a la competición económica entre países productores y países ricos compradores, ha transformado de repente la situación internacional. El auge del precio del petróleo, que sube hoy más allá de los cien dólares el barril; la caída del valor del dólar, que empobrece a los países que compran con esa moneda; el cierre de los mercados ricos, sobre todo de Europa y Estados Unidos, a los productos procedentes de los países pobres... todo eso hace que la situación haya alcanzado un nivel inquietante. La crisis actual del sistema financiero internacional ha radicalizado esa situación. La especulación salvaje (no hay otra palabra) ha generado una huida masiva de los capitales, que fueron a «refugiarse» en la especulación sobre el precio de las materias primas, provocando a su vez un auge de los precios. Además, las inversiones de los propios productores agrícolas en los agrocarburantes están creando una situación nueva e inimaginable hace sólo diez años.


Más de 100 millones de toneladas de cereales han sido utilizadas para fabricar etanol y biodiésel, lo que significa que estos países prefieren producir agrocarburantes para venderlos a precio de petróleo en detrimento de culturas con vocación de nutrir la población. Más grave, todavía: el sistema comercial de los productos de la tierra está totalmente entre manos de unas pocas multinacionales, que imponen precios de monopolio.


El aumento actual de la producción de cereales no viene de la oferta, sino de un crecimiento de la demanda, pues los progresos de la lucha en contra de la mortalidad infantil generan nuevas necesidades alimenticias. Del mismo modo, con el crecimiento demográfico de la población mundial, hoy en día más de 7.000 millones de habitantes y la perspectiva de 9.000 millones en 2050, se necesita, para evitar el hambre, una verdadera revolución agrícola mundial. Pero ésta no puede seguir la misma vía que la industrialización de los campos en el siglo XX, pues el planeta no podrá asumirla por razones ecológicas muy bien estudiadas: menos química, más ecológica, más precisa, utilizando los suelos de manera más respetuosa, controlando el tratamiento de los desperdicios, optimizando el agua... todos estos retos condicionan la lucha en contra del hambre en el planeta. Unos hablan de los objetivos globales del milenio (OGM) como solución milagro, pero nada menos evidente: primero porque están concentrados en Estados Unidos, Canadá, Brasil y Argentina, y conciernen sobre todo a la soja, el maíz y los alimentos para los animales; segundo y más grave: los OGM se refieren a una agricultura industrial que necesita inversiones importantes, totalmente fuera de alcance de los pequeños campesinos. Además, los estados no pueden desarrollar estos productos químicos porque saben los daños que pueden producir en términos sanitarios y, sobre todo, sociales (paro, huida de las poblaciones de sus tierras).


Se ve que la crisis es profunda. ¿Qué hacer? Por supuesto, no hay soluciones milagrosas. El director del Banco Mundial, Robert Zoellick, llama a la creación de un plan mundial para afrontar estos retos. Propone crear un fondo de emergencia de 500 millones de dólares, cuyo objetivo sería otorgar préstamos a corto plazo para abastecer a los países que experimentan penurias, volver a hacer de la agricultura una prioridad en detrimento del desarrollo industrial. Pero esto no basta, y, además, los países concernidos no quieren renunciar a sus estrategias de desarrollo industrial, primero para no ser dependientes de los productos manufacturados de los países ricos; y segundo, para asegurar la estabilidad social de las poblaciones urbanas (pues el desarrollo industrial no crea sólo trabajo para los obreros sino que favorece también el sector de servicios). Lo más importante, hoy en día, es actuar a todos los niveles; primero, ayudar urgentemente los países en situación grave, con un fondo internacional y sobre todo con una movilización internacional para bajar los precios en los países más pobres. Eso se puede organizar, incluso con un sistema de compensaciones en estos países (por ejemplo, reducción de la deuda a cambio de inversiones agrícolas); segundo, imponer unas reglas en la OMC para controlar la liberación de los precios y al mismo tiempo abrir los mercados de los países ricos a los productos de los países en vía de desarrollo. Tercero, y es lo más importante, ayudar las inversiones en la ciencia y la genética de los productos de la tierra. Todo eso implica una toma de conciencia mundial. Pero podemos apostar que, sabiendo lo que hay y lo que va a ocurrir, poco se va a hacer para evitar lo peor. Es que nuestro sistema económico mundial es ciego y no conoce nada sino el provecho inmediato.

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