En todas partes cuecen habas

 
En todas partes cuecen habas
En todas partes cuecen habas  

FERNANDO JÁUREGUI Ya sabemos, ya, la que tienen montada en el Partido Popular; a veces da la impresión de que se han instalado en el puro surrealismo, aunque tengo para mí que muchas cosas que ahora se nos antojan simplemente absurdas se solucionarán tras el congreso nacional que los populares celebrarán en junio en Valencia. Un congreso ante el que uno de los que se presentaban como «escollos», Ángel Acebes, ya ha anunciado, por cierto con no poca elegancia, que se retira voluntariamente de la carrera a la secretaría general para dar paso a otro. Veremos en qué para todo esto, aunque cierto es que la soledad en la que se desempeña estos días Mariano Rajoy, en medio del oleaje, está siendo clamorosa.


Pero, en fin, mi tesis es que la inestabilidad se ha instalado en todos los partidos: en Izquierda Unida, menos unida que nunca, es obvia y evidente. También en el Partido Nacionalista Vasco, donde el entendimiento de su presidente, Iñigo Urkullu, con el lendakari es cada día más frágil. Y en la coalición Convergencia i Unió, donde el líder de una va por un lado, y el de otra, por otro; sólo hay que analizar sus respuestas ante una eventual sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, el distanciamiento entre las posiciones radicales de Artur Mas y las flexibles de Duran i Lleida, para darse cuenta de la magnitud del abismo que los separa.


¿Y en el PSOE? ¿Son los socialistas la excepción que confirma la regla que nos habla de tensiones y fricciones en los partidos políticos españoles? Yo creo que no. Es verdad que el poder cohesiona y que estar en la oposición agrieta, pero ahora mismo advertimos algunas serias quiebras internas en la estructura de ese portaaviones navegando a toda máquina que es el Partido Socialista. Y conste que no me refiero solamente a la financiación autonómica, un problema de urgente solución que está provocando que algunos barones socialistas se distancien cada día más de sus correligionarios catalanes -Montilla sigue siendo el gran mago de las maniobras en la oscuridad-, ni tampoco a la «guerra del agua», que destroza las relaciones de hermanos con hermanos; hablo de las luchas de poder desatadas en federaciones como la madrileña o la valenciana, en las que han de celebrarse congresos regionales inmediatamente después del congreso federal del PSOE a comienzos de julio.


Sin duda, no es éste el lugar para entrar en detalles que afectan a tales congresos o a las particularidades sobre las enormes diferencias territoriales que se registran en la familia socialista. Pero acaso sí sea un buen momento para reflexionar sobre la necesidad de que las formaciones políticas españolas, tan ancladas en esquemas demasiado tradicionales, se abran al debate interno, a cauces de mayor participación, a un menor control de los «aparatos» y a nuevas corrientes sociales. Tratar de perpetuar los actuales funcionamientos hará que siempre todo sea más de lo mismo. O sea, que irá a peor.

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