Rovira, independencia; Montilla calla

07.05.2008 | 02:00
Rovira, independencia; Montilla calla
Rovira, independencia; Montilla calla

Hay algunas cosas que no son fáciles de entender en la política española. Mientras el presidente socialista de Cataluña echa un pulso al secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, con la financiación autonómica, el vicepresidente de la Generalitat, Josep Lluís Carod-Rovira, anuncia una hoja de ruta para la proclamación unilateral de la independencia de Cataluña en el año 2014. No falta tanto.


Josep Lluís Carod-Rovira aclara que la iniciativa que propone se situaría claramente al margen de la legalidad estatal -¿existen legitimidades parceladas?-, pero lo justifica porque «se estaría fundamentando en una nueva legalidad nacional y democrática en construcción: la catalana». Naturalmente, la esencia íntima del tripartito catalán no se siente afectada por estos pronunciamientos del mismo modo que no fue impedimento para formar este Gobierno la circunstancia de que ERC pidiera activamente el voto contra el Estatuto que ahora defiende al punto de que no aceptará ningún recorte en la sentencia del Tribunal Constitucional.


Lo que distingue una democracia asentada de las que no lo son es, precisamente, su grado de institucionalidad y el reconocimiento del Estado de derecho. En esos países, quien se sitúa al margen de las instituciones no puede tener vida institucional. Parece obvio, pero en España no se asienta este concepto. En España se puede amenazar al Tribunal Constitucional según sea el sentido de la sentencia que pueda pronunciar y se puede anunciar el nacimiento de una nueva legalidad, contradictoria con la que emana la Constitución que sólo se invoca cuando conviene.


Es difícil avanzar como nación cuando conciertos tan básicos no funcionan ni siquiera en los representantes ordinarios del Estado. El vicepresidente de la Generalitat es un cargo institucional nacido al amparo de un Estatuto que tiene su origen en la Constitución. La enumeración de esta pirámide institucional no es baladí, porque recuerda que todos sus escalones, que están encadenados, obligan sin poder asumir la legitimidad de uno sin aceptar la legalidad de los otros. Todo esto pueden ser pensamientos complejos para José Montilla y para su vicepresidente, Josep Lluís Carod-Rovira, pero hasta que no sea discriminatorio el menosprecio institucional España no será un país moderno capaz de avanzar en el mundo. Mientras tanto, Montilla calla.

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