El rompecabezas

Generación «chollo»

 
Generación «chollo»
Generación «chollo»  

NATALIA MENÉNDEZ Mientras usted lee este artículo, cincuenta jóvenes asturianos están abandonando nuestra región, maleta en mano. El informe 2007 elaborado por el Inem así lo dice, pero no debemos sorprendernos, porque aunque el padrón siga indicando lo contrario, hace más de diez años que el éxodo es continuo. Los de mi generación, los que pasan de la treintena, se encuentran desperdigados por la geografía española y los que nos quedamos tampoco corrimos mejor suerte. La mía es la generación «chollo», esa a la que engañaron para que saliera rentable a los empresarios, a la que convencieron de que estudiar FP era para los últimos de la cola, había que ir a la Universidad para conseguir un buen trabajo. Eso, lógicamente, nos llevó años de esfuerzo, sudor, lágrimas, convocatorias y estrés, y cuando por fin llegamos al Inem a inscribirnos blandiendo, orgullosos, nuestro título, nos dijeron que, lamentablemente, no era suficiente. Para nosotros se inventaron los cursos del Inem de 500 horas, para tenernos ocupados, y nos enseñaron técnicas de búsqueda de empleo donde nuestro título no servía de mucho, además tendríamos que hacer entrevistas individuales, grupales, en idiomas, con un psicólogo, tests psicotécnicos o entrevistas de choque en las que podrían insultarnos para ver cómo reaccionábamos. Todo esto para conseguir, en el mejor de los casos, un «contrato basura» cobrando cuatro duros.


Los de mi generación sustituyeron a recién jubilados con una preparación 10 veces menor y por la mitad del sueldo. Una ganga. Para nosotros se inventaron los contratos en prácticas y, peor aún, los contratos beca e incluso las prácticas no remuneradas en empresas. Nuestro título, conocimiento de idiomas, habilidades informáticas, cursos de mil horas de prevención de riesgos, contabilidad o nóminas parecían sugerir que todavía no estábamos preparados para trabajar. Así que seguimos estudiando, convirtiéndonos en los jóvenes mejor preparados y peor pagados.


Si hago memoria, además de mis años de licenciatura y doctorado he hecho cursos por un total de 1.691 horas, sin contar los cinco años que pasé en la Escuela de Idiomas estudiando alemán. El mundo laboral lo conozco al completo, he trabajado en empresas privadas y públicas, con contrato con fecha de fin, indefinido, por obra (y gracia) y hasta sin contrato. He sido empresaria y trabajadora por cuenta ajena, cotizando por tanto a ambos regímenes y, además, he trabajado como becaria en la Universidad (es decir, sin cotizar). He tenido contratos por menos horas de las que en realidad trabajaba y de una categoría menor que el puesto que en realidad desempeñaba, he cobrado el paro y del fondo de garantía salarial y he tenido contrato en prácticas por los dos años completos que indicaba la ley. He trabajado en España y en el extranjero. He tenido contratos de jornada completa, media jornada, un cuarto de jornada e incluso menos. He llegado a tener tres trabajos a la vez.


Ésta es mi generación, la generación de los que trabajan de algo que no tiene nada que ver con sus estudios, los que a los 35 todavía no tienen un trabajo estable, los que estudiaron Magisterio y venden pisos, los que hicieron Económicas y se presentan sistemáticamente a oposiciones de auxiliar administrativo, donde sólo les piden la antigua EGB; los que estudiaron Filología y ahora hacen labores de secretariado. Por eso, me resulta complicado animar a mis alumnos de Bachillerato a que vayan a la Universidad, sobre todo con la atractiva oferta actual de ciclos formativos. Nosotros vimos en nuestra época universitaria cómo nuestros amigos, los que habían abandonado los libros hacía años, ya llevaban mucho tiempo trabajando, se habían comprado un coche y un piso. Los demás tuvimos que seguir viviendo con y de nuestros padres hasta los 30 y compramos nuestros pisos mucho después, eso sí, por 15 millones más que ellos. Así que no se extrañen de que ahora nosotros queramos revender nuestros pisos por 90.000 euros más de lo que pagamos hace pocos años, sólo queremos recuperar lo que nos han «robado», que, aunque el saber no ocupa lugar, el tiempo es oro y nosotros tampoco vivimos del aire.

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