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Hormonal

 
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CARLOS SANTULLANO Hace tiempo, en mejores tiempos para la lírica, cuando sin venir a cuento me daba un cierto bajón de serotonina y en vez de sacar de paseo el estandarte en plan Carme Chacón me recluía mismamente en mi mismidad, un amigo homosexual, siempre con el pistilo y el estambre en plena primavera, al ver que (a diferencia de él) yo no vendía una escoba, solía decirme: «Es que hueles a muerto».



Y era cierto. Sin saber por qué ni por qué no, de repente yo me había vuelto invisible en el escaparate y eso se traducía en una especie de colapso químico que no generaba la más mísera efervescencia protosexual. Es decir, que de la noche a la mañana me convertía en el tipo más inodoro, incoloro e insípido del lugar. Y todo lo que poco antes había sido, en el tumba y dale del flirteo, fluidez y torrentera fresca y pura como el agua pura, se volvía de pronto un reseco erial. Desde entonces aprendí a distinguir en el paisaje humano (y sobre todo noctámbulo y urbano) quién está en el mercado y quién no, quién luce «fresco» como una lechuga fresca y quién está mustio y aparcado en la sección de saldos y rebajas.



Y el asunto me sirvió, tras acumular alguna que otra hora de barra (un doctorado sin honoris y sin causa pero con mucha guasa), para casi todo lo que en la vida tiene que ver con el olfato. Lo que me permite oler ahora, por ejemplo, que a Rajoy, como producto electoral, se le pasó la fecha de caducidad. O en otras palabras: que si no cambia su sistema hormonal lo tiene crudo.



Acabo de tropezar, casualmente, con una foto de prensa (de este diario) tras el primer debate televisivo entre Zapatero y Rajoy y, si bien la cara de Zapatero (que quedó tocado) es un poema, la de Rajoy (que quedó hundido) es una canción desesperada, igual que la del caballero de la triste figura que, tras un duelo en que ha sentido la frialdad del acero en las entrañas, empieza (electoralmente) a? oler a muerto.



Y en ese plan sigue el tío. ¿Tiene arreglo? Por supuesto. Sólo es cuestión de aceptar que, más allá de baronías y otros refugios, en política, como en todo, la clave es hoy darlas todas con la publicidad, esa cosa que, en período preelectoral, electoral y poselectoral, es puro flirteo hormonal. ¿O no habíamos quedado hace tiempo (y el PSOE lo tiene muy claro) en que la publicidad es una celestina?

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