La ría y el efecto mariposa

15.05.2008 | 00:00

De una manera cíclica, en la desembocadura del río Eo nos encontramos con que, del otro lado, se planea (y normalmente se ejecuta) una acción sobre la ría que, vista desde aquí, nos llena de perplejidad. Finalmente la acción invasiva de la ría se produce y de aquellas polémicas sólo queda un poso de mala leche y una nueva constatación de que, del otro lado, rigen normas y actitudes bien distintas a las nuestras.


Desde luego, la cuestión -que se ha puesto nuevamente de actualidad ante las pretensiones de construir una gran terminal de carga en el muelle de Ribadeo- podría analizarse desde múltiples puntos de vista, pero quizá los que se me plantean en estos momentos son dos que están conectados entre sí.


Por un lado, ese intento de apropiación de la ría que parece darse en la otra orilla y que no es simplemente una cuestión de nombres -al fin y al cabo las palabras no ciegan los canales-, sino que es algo más serio y que parte de una premisa según la cual «con lo de este lado hago lo que quiero, que para eso es mío».


Y, por otro lado, la constatación de que esa apropiación lleva aparejado un segundo escalón que supone, en realidad, un desprecio hacia el resto de los que compartimos el estuario. Un escalón que se podría concretar en el hecho de pensar que las acciones que se llevan a cabo en el presunto territorio propio sólo afectan a ese territorio sin que los demás tengan derecho a quejarse.


Pues bien, ni lo que está de aquel lado es propiedad de la otra orilla, ni es cierto que lo que hace cada uno en su margen no influye en los demás. Seguramente es ocioso recordar a estas alturas que el agua del mar o de las rías es dominio público marítimo-terrestre y que, por tanto, no son ni siquiera patrimonio de todos los que aquí vivimos, sino que forman parte, precisamente, de eso, del dominio público. Y no deja de ser curioso, por no decir enojoso, que los organismos que velan por la integridad de ese dominio público puedan ser tan laxos o tan permisivos cuando se trata de grandes concesiones mientras se muestran tan restrictivos y prohibitivos en pequeñas o mínimas actuaciones individuales o locales. Y de eso en Vegadeo tenemos un amplio conocimiento.


Pero además, lo que quizá sea más grave de todo esto es que quienes promocionan este tipo de actos demuestren tan poca conciencia sobre la complejidad y fragilidad del medio sobre el que se actúa.


Hace ya más de cuarenta años que Edward Lorenz se topó con el llamado «efecto mariposa», cuya formulación científica aproximada vendría a ser algo así como que pequeñas variaciones en sistemas complejos pueden conducir a resultados enormemente dispares o, dicho en su versión poética «el aleteo de una mariposa en Hong-Kong puede desatar una tormenta en Nueva York».


Y no se trata de un simple recurso estilístico porque sostener como ha hecho alguna autoridad que una actuación como la pretendida con la terminal de carga no produciría efectos sobre el equilibrio medioambiental de un sistema tan complejo y frágil como la ría supone temeridad, desconocimiento o, simplemente, el apoyo a intereses poderosos frente a otros menos influyentes.


Por aquí lo sabemos bien. Lo saben quienes van a pescar y deben descubrir cada día un lugar por donde navegar vigilando el calado, lo saben los mariscadores que apenas pueden acceder a un puñado de ejemplares de especies antes abundantes y lo saben bien los astilleros que deben hacer virguerías para botar un barco. Lo sabemos todos muy bien, asturianos y gallegos y, por eso, no es de recibo pretender que nada pasa en Castropol o Vegadeo si se mueve algo más que un remo en Ribadeo. Claro que pasa y, por eso, nadie en su sano juicio puede hacer de su orilla un sayo.


A estas alturas, es preciso un baño de sentido común y de generosidad para evitar que nuevas situaciones de este tipo envenenen la relación entre gentes que viven en una única comarca natural. Es imprescindible que nos pongamos de acuerdo y para ello contamos ahora con un instrumento y una oportunidad que no deberíamos dejar pasar. En estos momentos, la inclusión de la ría en la Reserva Mundial de la Biosfera del río Eo, Oscos y Terras de Burón debería servirnos para trasladar a los órganos que la gestionen las competencias y el mandato de dar un tratamiento común, homogéneo y racional a un entorno medioambiental único, complejo y frágil que es patrimonio indivisible de todos. Es imprescindible que lo hagamos, pero sólo podremos hacerlo si partimos del reconocimiento de que ese entorno no es gallego ni asturiano y de que un pilote que se ponga en Mirasol, como las alas de la mariposa, puede cegar el canal en El Calero.

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