Silencios y regresos

17.05.2008 | 00:00
Silencios y regresos Silencios y regresos

Llevo un tiempo con promesas de silencio, pero hoy me conforta la alegría del regreso. Suele decirse que unos y otros, silenciosos regresos, tienen casi siempre un deseado color de esperanza.


Digo esto porque desde hace meses nada les cuento en esta habitual columna. Ocurrió que mi fiel Olivetti y yo decidimos ofrecernos un descanso. Habíamos publicado nuestro último libro, «Con sabor a guindas, destilando recuerdos» y nos fuimos de vacaciones.


Hoy volvemos porque ella y yo cumplimos años -somos casi de la misma edad- y queremos celebrarlo con ustedes. Nacimos en mayo, un mes de primavera intensa. De frutas en víspera. De campos de aromas. De quietas mareas en mi mar cercana. De ríos salmoneros. De soles y nieblas. De lluvias menudas y fuertes. De horóscopos firmes. Tauro es nuestra figura en lucha por sus sentimientos.


Quisiera decirles, para ser cumplidor de estos menesteres, que tengo la costumbre de buscar referencia con las cosas todas que a mí me rodean; mi casa, mis libros, mis muebles, mis viejos vehículos, antiguas fotos, relojes, cuadros, adornos, cosas heredadas que ofrecen, en definitiva, cobijo al diario vivir de soledades y contentos.


Verán, y entre ellas tengo preferencias que se hacen valores internos, amores presentes fieles en consejos. De aquí mi relación de afecto y amistad con mi vieja máquina Lexicon 80 de marca Olivetti.


Sus teclas y yo caminamos juntos en el tiempo. Es amiga, compañera, consejera firme de mis dudas, inspiradora de mis escritos, portadora de ideas, caricia de sentimientos, pensamientos y recuerdos. Noches que se hicieron madrugadas buscando senderos sobre las blancas cuartillas sin más brújula que la ilusión del encuentro.


Así las cosas, a ella y a mí, ocupados siempre, nos faltaba un descanso. Nos pusimos de acuerdo y a buscarlo fuimos cada uno a su particular balneario. Yo me quedé en Asturias, Las Caldas es un buen lugar; a ella la llevé a Guarnizo, por tierras de Cantabria, donde en la calle Convento tiene Luis López, en su «Mercard'hers», el servicio técnico y la casa de salud más adecuada para su reposo.


A los pocos días fui a recogerla. No la conocía, alegre, distinta, de sano color, de letra más clara, de ideas más completas, de espacios más amplios, de carro ligero, de mirada risueña. La encontré segura, sin dudas, loca de contenta.


Por todo ello, cuán distinto es mi pensamiento de aquéllos que allá por el año de 1874, cuando se puso a la venta la primera máquina de escribir, algunos doctores indicaron que el ruido de sus teclas pudiera conducir a la locura, qué cosas, verdad. Queridos galenos, benditas locuras en su compañía.


Ya estamos en casa, en nuestro aposento, con la firme voluntad de contarles algo en días sucesivos. Haremos promesas de aparcar silencios y seguir ofreciéndoles la sincera amistad de nuestra palabra.


Mientras llegan, tomaremos nuestro particular tren de regreso y brindaremos, en este cumpleaños, alzando nuestras copas, con un sabroso licor de guindas para que se cumplan los mejores deseos de felicidad para todos.


Que así sea.

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