La ley de Igualdad

 
La ley de Igualdad
La ley de Igualdad  

JOSÉ MARÍA IZQUIERDO ROJO Nicolás era el voluntarioso alcalde de Grisalvo, un gran pueblo o pequeña ciudad del Levante español que había crecido mucho en los últimos años. Entre el turismo, las empresas de zapatos y las fábricas de juguetes, el número de habitantes se había triplicado y Nicolás gobernaba ya a más de sesenta mil almas, lo que le traía no pocos disgustos y quebraderos de cabeza.



Uno de ellos llegó cuando la ministra de Igualdad anunció su visita a la floreciente población. Iba a inaugurar una residencia para ancianos y ancianas (así se lo comunicaron, sic), y Nicolás, hombre que venía del campo y poco acostumbrado al protocolo y a los convencionalismos sociales, empezó a inquietarse profundamente y a ponerse nervioso.



- ¿Qué podríamos hacer para agradar a la Ministra?, preguntaba a sus concejales más próximos.



- Lo mejor será hacerle una recepción en el Ayuntamiento, dijo uno.



- Seguramente querrá decir unas palabras al pueblo para que vean los vecinos que se preocupa de nuestros mayores, dijo otro.



Pues eso haremos, dijo Nicolás aliviado. La recibiremos y saludaremos aquí en el Consistorio, le ofrecemos un café o un refresco y le pedimos que salude al pueblo desde el balcón. Así les dirá a lo que viene y se quedará contenta.



Un concejal expresó una objeción sensata:



-Pudiera ser que apenas viniera gente a la plaza para oír a la Ministra. Es nueva en el cargo y poco conocida por estos pagos?



-Eso lo arreglamos organizando una monumental paella, como hacemos en la fiesta del verano. Después de la charla de la Ministra se hace el reparto de raciones. Así seguro que se llena.



Otro concejal expresó también su opinión:



-Sin duda, le agradaría mucho ver que en este pueblo se cumple la igualdad, al menos la de sexos. Tendremos que procurar que en todo lo que vea estén representados hombres y mujeres a la par.



Eso les pareció a todos muy razonable, especialmente a Nicolás, que como hombre de campo iba más al fondo que a la forma. Para él estaba muy claro que «obras son amores, y no buenas razones». Si la Ministra veía igualdad por doquier se iría más satisfecha que si le daban una lujosa recepción.



Consiguientemente, Nicolás procuró que hubiera amplia representación femenina en todos los estamentos que la Ministra pudiera ver. Habló con el jefe de los municipales para que desplegara ese día a todas las mujeres guardias que hubiera (que eran pocas), y lo mismo le pidió al sargento de la Guardia Civil. En la banda de música, las escasas féminas que tocaban instrumentos debían estar bien visibles, al igual que las concejalas durante la recepción. También se ocupó personalmente de que hubiera, entre los cocineros de la paella, un número similar de varones y de mujeres, lo que era importante porque desde el balcón se distinguía todo con mucha nitidez.



Respecto al público en general no habría problema, pues acudirían personas de ambos sexos. Todo parecía arreglado. La Ministra se iría con una gratísima impresión.



De repente, una idea inquietante empezó a corroerle las meninges. Era la que se refería a los pordioseros. En el pueblo había muchos. Quizá por la benignidad del clima y por la riqueza que proporcionaban el turismo y la industria, no menos de treinta vagabundos pululaban por la próspera ciudad, y al enterarse de que habría paella gratis en la plaza, seguro que todos acudirían en masa, se harían notar por su aspecto y la Ministra los distinguiría perfectamente desde el balcón.



Bien es verdad que los pordioseros de Grisalvo no hacían daño a nadie y que la mayoría era incluso tratable, pero Nicolás empezó a preocuparse gravemente, y no por la impresión que pudieran dar de suciedad y desaliño, sino porque no había entre ellos ninguna mujer. Por más que se devanaba los sesos, Nicolás no recordaba haber visto nunca pordiosera alguna. Había dos o tres mendigas que pedían en la puerta de la iglesia o en una esquina de la plaza, pero eran mujeres con domicilio fijo, que tenían su casa, o al menos su habitación, y que no estaban muy sucias ni desaliñadas. Pordioseras vagabundas, lo que se dice errabundas de greñas y mochila al hombro, de ésas no había ninguna. Si no veía vagabundas, no ya en proporción similar a la de varones, sino simplemente dos o tres de muestra, ¿lo consideraría la Ministra un desacato a la ley de Igualdad? ¿Le parecería una burla a la importancia de su flamante Ministerio? ¿Iría diciendo a Madrid que en Grisalvo no se tenían en cuenta las geniales ideas del Presidente? ¿Lo tomaría éste a mal?



Nicolás estaba desconcertado. Habló con los concejales, pero ninguno sabía dónde podría haber un buen puñado de pordioseras para la ocasión.



Después de mucho pensar, se le ocurrió que dos de sus hijas ya mozas y alguna de sus amigas podrían disfrazarse de indigentes y así equilibrar la balanza. La Ministra vería pordioseros y pordioseras, mendigos y mendigas, vagabundos y vagabundas, menesterosos y menesterosas, etcétera, y se marcharía encantada de la vida y de la eficacia de su Ministerio.



Así lo hizo el ingenioso alcalde, y el día de la gala, en la plaza Mayor, escuchando a la señora Ministra y esperando el reparto de la gigantesca paella, se podía ver a unos veinte vagabundos agrupados en una esquina de la plaza y a siete u ocho vagabundas en otra. Nicolás estaba radiante y feliz por el buen término de su brillante idea. Nadie podría decir que en su ciudad se discriminaba a los pordioseros.



No todo acabó tan bien, pues cuando terminaron los vagabundos de comer la paella, bien regada con el vino que abundaba, vieron que las vagabundas eran jóvenes y guapas, con lo que se acercaron a ellas y las abordaron. Quizá por eso de la fraternidad gremial, algunos quisieron propasarse y tuvieron que intervenir los municipales. Pero eso ya fue después de que la Ministra se hubiera marchado.

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