Vigilar, encerrar, castigar

 
Vigilar, encerrar, castigar
Vigilar, encerrar, castigar  

GUILLERMO RENDUELES El miedo a volverse loco o a que un loco nos ataque forma parte de nuestras angustias comunes. De ese miedo nace la voluntad de encerrar el peligro. El manicomio, la cárcel, los organismos de tutela y encierro de mujeres o niños peligrosos o en peligro constituyen el panóptico desde donde el Estado castiga o vigila asociales y locos. Cuando vigilancia y castigo funcionan bien podemos vivir tranquilos: el mal y la locura son fantasmas encerrados tras los muros de cárceles y asilos.



Cuando la violencia no producida por los motivos «normales» -el lucro, la venganza, el gozo perverso- explota y un enfermo mental mata a la primera niña que ve en un parque, esa angustia primordial de la que hablamos genera un clamor popular a favor de reforzar el encierro. Jueces, catedráticos de neurocirugía, directivos de prisiones, familiares de enfermos enfatizan hace un mes desde LA NUEVA ESPAÑA tanto del riesgo de violencia que el tratamiento ambulatorio de los psicóticos supone como del tremendo sufrimiento que las familias acumulan al haber quedado como el único sistema de cuidados para los antaño internados.



Recordar las motivaciones y las expectativas cumplidas e incumplidas del movimiento antimanicomial quizás aporte claridad para separar hechos de valores y tomar partido con más luces por continuar el tratamiento psiquiátrico con más de lo mismo (tratamiento ambulatorio con más recursos comunitarios ) o dar un drástico cambio en favor de ese clamor social por un neoencierro, eso sí, «humanizado».



La observación de los miles de internados en los manicomios concienció a los psiquiatras reformistas de los sesenta de que la enfermedad mental allí diagnosticada y tratada no era la enfermedad real, sino su doble. Los síntomas de los internados en el manicomio eran la suma de la patología mental individual con los síntomas creados por la institución. La catatonia fue una forma de esquizofrenia presidida por la inmovilidad relativamente frecuente que se convirtió en una rareza al cerrar los manicomios. Cuando un pabellón de «violentos» del Sanatorio de Ciempozuelos fue cerrado por obras y los pacientes con síntomas de violencia repartidos por diferentes pabellones, los «violentos» dejaron de serlo porque su violencia no era resultado de su locura, sino del etiquetado inducido por el lugar donde vivían. Incluso, algunos pacientes a los que la barbarie de los «tratamientos» neuroquirúrgicos había leucotomizado recuperaban el control de esfínteres al ser sacados del pabellón de «sucios».



Es absolutamente cierto el fracaso de las más optimistas profecías del movimiento por la reforma psiquiátrica. Tanto el defecto esquizofrénico como los síntomas negativos de la esquizofrenia, que suponíamos resultado del encierro, permanecieron casi idénticos con el tratamiento ambulatorio. Tampoco se cumplió la utopía de una recepción cordial de los pacientes psiquiátricos por una comunidad que los sigue rechazando y estigmatizando. Y para qué hablar de proporcionarles trabajos, casas o redes sociales adaptados a sus vidas.



La incapacidad psiquiátrica para evaluar la peligrosidad de un paciente es evidente: no tenemos ningún instrumento de detección de violencia semejante al del diagnóstico anatomoclínico. Nuestras predicciones al respecto son imprecisas, aproximadas y su acierto cercano a las de un lego prudente. Hace años traté a una paciente que luego cometió un homicidio: jamás pensé en tal posibilidad. Aconsejé a un padre la reinserción de su hijo en su pueblo tras cumplir condena: fue asesinado por un familiar de su antigua víctima.



Con toda esa suma de fracasos de la reforma psiquiátrica comprendo a la perfección la nostalgia del internamiento en función de la plusvalía de tranquilidad que produce.



Frente a todo ello conviene remarcar que el llamado hospital psiquiátrico de larga estancia se parece a un hospital como la música militar a la música. En el hospital psiquiátrico no hay ningún método de diagnóstico que correlacione el trastorno cerebral con el trastorno de conducta y tampoco varía el tratamiento ambulatorio frente al plus de intensidad que se da en el hospital de verdad. Por muy humanizada que se proponga ser los neopsiquiátricos producirán la misma regresión en los internados que en los antiguos manicomios por la incapacidad de cambios de la institución total.



La defensa sin trampas del internamiento psiquiátrico debe basarse por ello no en la ciencia o en la mejora del paciente y sí en el ahorro de riesgos sociales y sufrimientos familiares que, según las tesis pro hospitalización, deben valorarse más que el sufrimiento-regresión del paciente. En otras palabras, que estamos en un dilema de valores incompatibles en los que hay que elegir entre vivir con más libertad -riesgos- o con más autoridad -seguridad-. Y ahí el problema psiquiátrico se une al carcelario.



En 1970 un documento de la OMS anunciaba el cierre de los manicomios y el nacimiento de una sociedad que ofrecía trabajo y redes de acogida comunitaria «que convertirían el encierro de los marginales en un penoso recuerdo». Foucault amargó ese optimismo cuando en los mismos años escribió: «Si una sociedad capitalista como Gran Bretaña declara que no habrá más encierro, al menos para los locos, me planteo si esto significa que la otra mitad del encierro, la prisión, desaparecerá o si por el contrario ocupará el espacio vacío dejado por el manicomio: ¿No se verá obligada Gran Bretaña a extender la función de las prisiones incluso si éstas se mejoran?». La respuesta es un «sí» rotundo que constata Hernández Monsalve, presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría: sólo en la prisión de la ciudad de Los Ángeles hay encerrados diariamente 3.300 enfermos mentales, muchos más que en ninguna otra institución psiquiátrica norteamericana (España no es diferente y sigue el camino americano).



Todos los geriatras saben que con el ingreso en una residencia los ancianos deterioran sus capacidades cognitivas y que su afectividad sufre por la pérdida de intimidad. No por ello imponen un cierre generalizado de geriátricos que precisaría de un cambio social utópico. Creo que con los psiquiátricos se produce una deriva semejante y que las heladas del cálculo egoísta que hoy domina el imaginario social conducirán a los horrores de un neoencierro. Resistirse a ello -nadie habló de victorias- supone para los psiquiatras a la vez un deber científico (desvelar lo que significa hospitalización, protección, tratamiento obligatorio) y un mandato ético.





Guillermo Rendueles Olmedo es psiquiatra.

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