Aguirre sí, pero no Aguirre sí, pero no

 
Aguirre sí, pero no Aguirre sí, pero no
Aguirre sí, pero no Aguirre sí, pero no  

JOSÉ CAVERO JOSÉ CAVERO La presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, mantiene su actitud cauta pero firme en el caso del liderazgo de Rajoy. Tiene claro, desde el primer momento, que el debate consiste en debatir la oportunidad de mantener o no al líder que ha fracasado en dos elecciones. Lo tenía cuando se opuso con todos sus argumentos a que Gallardón obtuviera ventajas en esa carrera a la Presidencia, y lo tiene ahora, cuando hace su propia definición de lo que es una crisis: cuando lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no acaba de nacer. O sea, el nuevo liderazgo del PP, al que ella aspira, aunque siga proclamando que no tiene intención de presentar su candidatura para competir con la de Rajoy al congreso de Valencia. Por lo menos, hasta el momento. No quiere que sus actuales competencias puedan tambalearse o verse privada de ellas, pero es evidente que juega fuerte en esta pelea, y que obtiene, al mismo tiempo, ventajas y desgaste por la prueba a la que se está sometiendo a Rajoy por parte de María San Gil, Ortega Lara, Gabriel Elorriaga... Cada «rebelde contra Rajoy» es un punto para Aguirre, mientras no haya nadie más que salga al ruedo a competir abiertamente por ese liderazgo en discusión. Aguirre tiene la ventaja de haber sido la primera que abrió ese turno de discrepancias sobre la conveniencia o no de declararse liberal o conservador. Pero aquel debate, presuntamente ideológico, lo olvidó pronto, porque la pelea era otra bien distinta, aunque mantenga esa calculada ambigüedad que le hace repetir que no tiene intención de presentar su candidatura y que, si cambiara de opinión, el primero en enterarse sería Rajoy. Esperanza Aguirre ni está ni deja de estar... Ahora se nos revelan las conversaciones de Aguirre con Juan Costa, cuya candidatura Aguirre apoyaría.


Y, mientras tanto, sí se descubre un cierto debate ideológico en las enmiendas presentadas a la ponencia política del partido. Vidal Quadras, con algunos otros compromisarios del PP, proponen una reforma parcial de la Constitución que ponga límite al desarrollo autonómico y elimine la distinción entre nacionalidades y regiones. Argumentan los enmendantes que se trata de detener la grave crisis del Estado autonómico y alegan que esta enmienda sería la única alternativa posible frente a la pretensión de transformar la nación española en una confederación de naciones casi soberanas, como paso previo a su definitiva fragmentación. Parece improbable que el Congreso apoye estos planteamientos y, en todo caso, chocarían seguidamente con los planteamientos que rigen en el Gobierno socialista y en su líder, Zapatero, en su negativa a continuar el «se acabó la cuestión autonómica, se acabaron las transferencias» que había determinado Aznar en sus años finales en el palacete de la Moncloa. Los planteamientos de Vidal Quadras y sus compañeros parecen nostálgicos de aquellos años aznarianos. Otra enmienda significativa es la que presenta Álvarez Cascos sobre la definición ideológica del PP: Cascos quiere modificar la actual definición de «partido de centro, reformista y liberal» por la de un partido que se inspire en los principios liberales y en el humanismo cristiano.

La presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, mantiene su actitud cauta pero firme en el caso del liderazgo de Rajoy. Tiene claro, desde el primer momento, que el debate consiste en debatir la oportunidad de mantener o no al líder que ha fracasado en dos elecciones. Lo tenía cuando se opuso con todos sus argumentos a que Gallardón obtuviera ventajas en esa carrera a la Presidencia, y lo tiene ahora, cuando hace su propia definición de lo que es una crisis: cuando lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no acaba de nacer. O sea, el nuevo liderazgo del PP, al que ella aspira, aunque siga proclamando que no tiene intención de presentar su candidatura para competir con la de Rajoy al congreso de Valencia. Por lo menos, hasta el momento. No quiere que sus actuales competencias puedan tambalearse o verse privada de ellas, pero es evidente que juega fuerte en esta pelea, y que obtiene, al mismo tiempo, ventajas y desgaste por la prueba a la que se está sometiendo a Rajoy por parte de María San Gil, Ortega Lara, Gabriel Elorriaga... Cada «rebelde contra Rajoy» es un punto para Aguirre, mientras no haya nadie más que salga al ruedo a competir abiertamente por ese liderazgo en discusión. Aguirre tiene la ventaja de haber sido la primera que abrió ese turno de discrepancias sobre la conveniencia o no de declararse liberal o conservador. Pero aquel debate, presuntamente ideológico, lo olvidó pronto, porque la pelea era otra bien distinta, aunque mantenga esa calculada ambigüedad que le hace repetir que no tiene intención de presentar su candidatura y que, si cambiara de opinión, el primero en enterarse sería Rajoy. Esperanza Aguirre ni está ni deja de estar... Ahora se nos revelan las conversaciones de Aguirre con Juan Costa, cuya candidatura Aguirre apoyaría.


Y, mientras tanto, sí se descubre un cierto debate ideológico en las enmiendas presentadas a la ponencia política del partido. Vidal Quadras, con algunos otros compromisarios del PP, proponen una reforma parcial de la Constitución que ponga límite al desarrollo autonómico y elimine la distinción entre nacionalidades y regiones. Argumentan los enmendantes que se trata de detener la grave crisis del Estado autonómico y alegan que esta enmienda sería la única alternativa posible frente a la pretensión de transformar la nación española en una confederación de naciones casi soberanas, como paso previo a su definitiva fragmentación. Parece improbable que el Congreso apoye estos planteamientos y, en todo caso, chocarían seguidamente con los planteamientos que rigen en el Gobierno socialista y en su líder, Zapatero, en su negativa a continuar el «se acabó la cuestión autonómica, se acabaron las transferencias» que había determinado Aznar en sus años finales en el palacete de la Moncloa. Los planteamientos de Vidal Quadras y sus compañeros parecen nostálgicos de aquellos años aznarianos. Otra enmienda significativa es la que presenta Álvarez Cascos sobre la definición ideológica del PP: Cascos quiere modificar la actual definición de «partido de centro, reformista y liberal» por la de un partido que se inspire en los principios liberales y en el humanismo cristiano.

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