Patatas para el jabalí

 

JOSÉ DE ARANGO Al jabalí le encantan las patatas. No hace falta que estén estofadas ni guisadas con carne. Tampoco necesita que estén muy desarrolladas. Prefiere las tiernas aún, poco mayores que nueces y bien jugosas. Por otra parte, ahora que en los pueblos hay un buen alumbrado público, encuentra facilidades para llegar a los sembrados sin llevar candil, porque hay tan pocos vecinos que hasta las noches le son propicias para hacer sus incursiones hasta los mismos caseríos. Como ya sabe que al no ser temporada de caza nadie le puede meter un par de tiros en el cráneo, porque el agricultor pasaría a cometer un delito de furtivismo, cualquier escenario le es favorable para salir a patrullar.


Acabo de regresar del pueblo de Villarín de Malleza, donde los vecinos Pepe Blanco, de Casa Braulio, y Mario, de Casa Laura, se han quedado sin patatas para el año. Estos agricultores se conforman con cosechar para el gasto casero, pero el jabalí los dejó sin nada. En la parcela de Pepe no quedó ni una sola planta. En la otra dejaron sólo algunas, muy machacadas, que su propietario se molestó en ir levantando por si pueden aún recuperarse y servir para que el jabalí tenga para otra suculenta cena.


Estos vecinos llamaron a quien tenían que llamar para que se les valorasen los destrozos. Las patatas de Pepe, que ya no son más que un erial, han sido tasadas en 20.000 de las antiguas pesetas, que es algo así como lo que vale la semilla seleccionada, el tractor y el abono que se les echa. Quedan sin tener en cuenta el herbicida, el estiércol, la labor de siembra y todo lo demás. Y no se tasa, por supuesto, el cabreo, que es monumental, como es fácil de comprender. No hay constancia de que ningún ecologista de corto o largo recorrido, esos que defienden al jabalí, se haya acercado a Villarín ni siquiera para solidarizarse con estos vecinos que se quedaron sin patatas para el consumo familiar.


Muy cerca de Villarín, en La Arquera, pueblo también perfectamente iluminado, el jabalí llegó hasta las mismas casas, y en una huerta comunicada por camino asfaltado destrozaron unos cuarenta metros cuadrados de sembrado de patatas. La tasación lo dice todo: sesenta céntimos de euro por metro cuadrado, veinticuatro euros en total. Tampoco aparecieron, por el momento, los amigos del jabalí -y no me voy a referir más en este asunto a los entusiastas conservadores si no es en presencia de mi abogado- a interesarse por la pérdida. Hubiesen llegado tanto a Villarín como a La Arquera si se hubiese producido una refriega de tiros contra el jabalí por parte de los propietarios de los sembrados de patatas.


Aprovechando, subo hasta Gallinero para conocer la excelente ganadería de vacuno de carne de Manolo Campomanes, que acaba de conseguir un gran número de galardones en el certamen de Salas, y me encuentro con que tiene en el establo a las vacas paridas con xatín porque, me dice, no las puede llevar al pasto, ya que eso sería como poner mesa y mantel al lobo, que por esta comarca llega también hasta muy cerca de los caseríos. No hace falta decir que este ganadero tampoco puede defender su rebaño a tiro limpio, porque el lobo, como el jabalí, está protegido, y no es cuestión de que le lleven a uno para Villabona por un xatín más o menos, ya que la boyante economía ganadera permite dejar que los lobos se peguen buenos banquetes. Si hubiese tiros, seguro que los defensores del jabalí se presentarían como acusación particular, uniéndose a la denuncia de Medio Ambiente y a lo peor de algunos organismos oficiales más.


Pero lo más grave de todo esto es que ni quienes perdieron sus patatas, ni quienes las van a ver destrozadas por el jabalí, porque aún hay mucha temporada por delante, ni los del maíz y las fabas, ni a los que el lobo les mata xatos, ovejas y potros quieren indemnizaciones. Quieren una seguridad de poder recoger lo que siembran. Para eso lo hacen. Y pretenden, ilusos que son ellos, que el ganado pueda pastar sin peligro alguno de su integridad donde lo viene haciendo desde siempre. La población alimañera se ha desbordado. Y los vecinos, que saben de la conservación de la naturaleza como el que más porque han nacido en el medio cuando había, desde antaño, un equilibrio, son muy claros en sus exposiciones y dicen que de los impuestos que pagan se derivan muy buenos sueldos para los políticos, quienes, con el asesoramiento de los técnicos de los distintos organismos oficiales implicados, que también cobran, son los que deberían buscar soluciones a estos problemas que en el mundo del asfalto parece que no tienen importancia. Pero si la tienen, y mucha, en el mundo rural. Es ni más ni menos que la subsistencia. Claro que si se quiere que los pueblos queden totalmente vacíos, pues que se diga claramente y ya sabremos todos a qué atenernos.


No es de recibo que al agricultor se le recomiende cerrar con alambradas electrificadas sus sembrados y que deje de llevar el ganado a los pastos. En el primero de los casos hay un importante gasto añadido que nadie subvenciona. Y, además, me temo que entonces también habría protestas por parte de determinados amigos del jabalí, ya que éste podría recibir algún «sutripón» (descarga) por la corriente circulando por las alambradas. Y no es cuestión de darle ese susto a la pobre criatura del monte que lo único que quiere es cenar unas patatas. ¡Qué menos!

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