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Leonardo da Vinci, uno de los mayores genios de la Humanidad y en artes muy dispares, consideraba que el órgano clave para comprender el mundo es el ojo, y no el cerebro. El artista dedicó algunos de sus escritos a demostrar la superioridad de la pintura sobre aquellas artes «más propias de caballeros, como la poesía». Las palabras enredan las cosas, son un mecanismo excesivamente complicado, señaló el toscano en alguno de sus escritos. El más grande de los artistas del Renacimiento sería hoy un frustrado en el Principado. Si, como sostenía, para comprender un lugar hay que mirar su pintura, mal podría hacerlo en Asturias. Pocas instituciones están menos valoradas y más injustamente tratadas que el Museo de Bellas Artes. La gran pinacoteca asturiana, una de las mejores de España, se asfixia en un espacio exiguo y con una estructura jurídico-administrativa absolutamente desfasada.
Cuando, por fin, tras esperar diez años de inexplicables enredos, llegó la hora de la ampliación del museo y las obras ya están en marcha, la confusión y los rodeos se ciñen sobre el proyecto. El Principado no habla con claridad, pero da a entender que la reforma no será ejecutada en su totalidad. Los riesgos que se corren al trocear el plan son grandes. Aparte de mantener durante un tiempo indefinido un museo de retales, con partes nuevas y viejas, es fundado temer que la ampliación, si se aborda por partes, al final se quede a medias.
El Bellas Artes tiene un fondo de más de diez mil obras, del que apenas exhibe cuatrocientas. El rapidísimo crecimiento propiciado por la incorporación de parte de la colección Masaveu, que le dio otra dimensión, aún no ha sido asimilado por la Administración. Llamado, por su reconocida calidad, a convertirse en un emblema, parece más bien el centro maldito de la cultura asturiana. Para ser uno de los grandes patrimonios de la región, con obras maestras de referencia universal que suscitan el interés por los intercambios de numerosos museos en todo el mundo, preocupa más bien poco a los responsables culturales asturianos. Hasta fecha bien reciente no disponía ni siquiera de carteles indicadores que lo señalizaran desde las principales arterias de Oviedo. Y, pese a que el mayor número de sus visitantes se concentra durante el verano, apenas figura en la publicidad turística ni de la capital, ni de Asturias.
Comparado con otros centros de similares características, el museo de Asturias sale claramente perdedor en cuanto a las atenciones que recibe. El museo de Bilbao tiene un presupuesto anual de 9 millones de euros, el triple que el de aquí, y 50 técnicos, frente a los 18 del de Oviedo. El talento suplió las carencias para lograr una colección de primera con una organización inferior. Pero la situación no puede sostenerse por más tiempo. Desde 2003, las grandes adquisiciones están prácticamente paralizadas, fuera de toda lógica, y el patronato que rige sus destinos es básicamente político, y no ajeno demasiadas veces a la batalla partidista.
El Museo de Bellas Artes es la gran asignatura pendiente de la cultura asturiana. Regido por un patronato en el que están representados el Principado, que tiene mayoría, y el Ayuntamiento de Oviedo, precisa de una estructura jurídico-administrativa mucho más ágil que, sin eludir los elementales controles del gasto, le permita competir en igualdad de condiciones con otros museos. No como ahora, cuando está sometido a rigideces paralizantes. Cualquier desembolso superior a 12.000 euros precisa de un complejo y largo procedimiento burocrático que choca con la rapidez y discreción exigidas a la hora de comprar obras de arte.
El museo necesita un mayor aprecio institucional que se traduzca en gestos tan sencillos como el de presentarlo en sociedad como uno de los grandes patrimonios asturianos. Ni ahora se publicita la riqueza del Bellas Artes: los Goyas, los Grecos, los Zurbaranes?, que son a Asturias lo que a Madrid el Museo del Prado. Si el Hofburg es el gran atractivo de Viena, con todas las joyas de los Habsburgo encerradas tras los muros del viejo palacio, la plaza de la Catedral de Oviedo es la gran manzana de la cultura de Asturias, con el Bellas Artes, el Arqueológico, el Museo Diocesano y los tesoros de la Cámara Santa situados a dos pasos.
Cuando parece que el dinero sobra a espuertas para proyectos indefinidos o virtuales, resulta lamentable que a la hora de ahorrar las rebajas se ceben con la ampliación del Bellas Artes. Por su prestigio, por ser una de las más valiosas realidades artísticas asturianas y por hallarse en un momento decisivo para su futuro, el museo necesita, más que nunca, ideas ambiciosas. La ambición y la fuerza que el Gobierno regional exhibe con tanta alegría en otras iniciativas culturales tienen que impulsar también al Museo de Bellas Artes de Asturias. Quizá no estaría de más, en fin, clarificar el papel de la presencia minoritaria del Ayuntamiento de Oviedo en el órgano de gestión del museo.