JESÚS DEL CAMPO
La actualidad está llena de cosas interesantes, pero hoy prefiere uno hablar de la pequeña historia. Hace poco, aquí en Gijón, alguien llamó sacristán a quien no lo es. La humildad, definitivamente, es una virtud peligrosa para quien la practica, y cuando Cristo dijo que el que se humilla será enaltecido se refería, evidentemente, a que dicho enaltecimiento tendrá lugar en el reino de los cielos, pero no en el planeta Tierra, donde si no marcas paquete no eres nadie. Y se le vienen a uno a la mente colaboradores de la parroquia en cuestión que, milimétricamente escrupulosos al marcar las alturas de su estatus sociolaboral, no se dejarían llamar sacristán ni a punta de pistola. Y tampoco se lo hubiera llamado jamás quien, incorrectamente, se lo llamó a otro. La Iglesia tiene tendencia a ser muy sensible al quién es quién en los asuntos del césar, y ése es uno de sus flancos menos simpáticos.
España es un país tan bárbaro que suele tomar los buenos modales por exotismo, la mansedumbre por debilidad de carácter. Pero quien es humilde y hace, por estricto amor a Dios, tareas que otros no hacen, es en realidad quien más agallas tiene. Quien está curtido en la práctica del silencio ante interpelaciones impertinentes es más fuerte que quien le interpela. La humildad, que es una virtud de muy difícil cumplimiento, es propia de gente que aúna coraje, autocontrol y elegancia de espíritu. Eso sí, el mundo es tan feroz que los humildes corren siempre el riesgo de que algún imprudente se equivoque con ellos y los jerarquice a la baja; semejantes actitudes son moneda corriente en una sociedad de iletrados, pero en la Iglesia católica resultan inadmisibles. Hay una parábola sobre el fariseo y el publicano que, evidentemente, lleva tiempo desatendida. Y hay un hombre que no es sacristán, y sí cristiano ejemplar, a quien hoy enaltezco yo porque se lo merece y porque me da la gana.
En un país que tiene pánico al silencio, y en el que los dueños de los bares suben la música para dar ambiente y no dejarte a solas con el arte extranjero de la conversación, tiene cierta lógica enfermiza que quien calla sea malentendido, y no tenido por más sabio. Pero qué le vamos a hacer, es así. Los que guardan silencio suelen saber más. En un país mal enladrillado que habla a gritos y ostenta unas estadísticas de lectura sonrojantes tiene cierta lógica enfermiza que los límites entre estulticia y virtud se distingan con dificultad. Queda esperar que en los templos de Dios, y al menos de puertas adentro, haya una suspensión de ese estado de cosas. Y quien no sabe medir las palabras, que aprenda. En algunos oficios es esencial.