ESTEBAN GRECIET
Al contemplar ahora las antiguas películas norteamericanas que las televisiones ponen de rellenos veraniegos porque son baratas, y también muy buenas, recordamos que aquellos artilugios caseros que en ellas contemplábamos (neveras, lavadoras, aspiradoras, televisiones) aún no habían llegado hasta nosotros. Sucedería muchos años después, cuando ya en los USA habían dado un paso más, dejando anticuados los frigos de compresor y las lavadoras de manivela. Pasó también con las modas didácticas: cuando aquí descubrimos la gramática estructural y la matemática de los conjuntos ya habían sido abandonadas en las aulas europeas y americanas.
El desarrollo y la globalización nos han permitido asistir al paso de los países más adelantados, pero me temo que hay algo que tardó más en venir y es ya sólo un vestigio hasta en el cine americano. Me refiero a la delincuencia tipo Chicago años treinta. Basta abrir la prensa, escuchar la radio, ver los telediarios o abrir los digitales de la red para encontrarse con una marea creciente de sucesos violentos, literalmente de los de aquí te pillo, aquí te mato. Y aún por estas tierras del Norte parece que aguantamos algo más, pero no nos hagamos ilusiones.
Es verdad que todo se ha modernizado, hasta el delito. Entre los atracadores antiguos solía haber una especie de juego limpio profesional y estaba mal visto matar a la gente así de pronto, allá te va. Por ejemplo, se ha abandonado la sana costumbre de alertar de mano a los atracados con un saludable «¡manos arriba!», claramente copiado de las películas.
Se trata de suprimir protocolos y convenciones. Si hay que disparar, se dispara sin ningún miramiento. Desvalijar un piso en vacaciones, por ejemplo, va a ser muy pronto una antigualla pues hay que hacerlo con bicho dentro. Y ni te cuento lo de los alunizajes. Todo es así.
¿Manos arriba? ¡Por favor! Eso queda para las cintas en blanco y negro, cuando los atracadores guardaban las formas.