JAVIER NEIRA JAVIER NEIRA JAVIER NEIRA JAVIER NEIRA
Todos tendemos a repetir lo que nos ha salido bien. Por eso y con razón se dice que nada es más peligroso que el éxito, ya que la repetición mecánica a la que invita antes o después acaba mal.
A lo que iba. La progresía nacional -por cierto, tan poco nacional- cosechó un triunfo maravilloso tras la campaña callejera desatada durante los dos últimos años del segundo Gobierno de Aznar. A la calle, a la calle, venga a insultar y amenazar.
Fue una operación en cascada. Primero promovieron una huelga general sacada de la manga; después lanzaron oleadas de movilizaciones por el «Prestige» -fue mucho peor el incendio de Guadalajara, entre otras cosas porque murieron once personas, pero en ese caso no movieron ni un dedo- y la apoteosis desestabilizadora se alcanzó cuando el PP apoyó políticamente la guerra de liberación de Irak al igual que la mayoría de los países de la Unión Europea y cincuenta o sesenta naciones de todo el mundo, con la excepción de Francia y Alemania, que ahí le duele al asunto. Bueno, tampoco Rusia y China, que de Robespierre se fue directamente a Lenin y a Mao pasando por...
El momento culminante del proceso agresivo se vivió el 13 de marzo de 2004. Los progresistas violaron la jornada de reflexión, acosaron las sedes del PP de toda España y, zas, ya se sabe lo que pasó.
Ahora que a ellos y a todos se nos cae encima de la cabeza el cielo de la crisis han vuelto a las andadas como último recurso. En Madrid se ve. Bandas de matones recorren la ciudad agrediendo a los políticos del PP. En Valencia, lo mismo. Supongo que un día de éstos sucederá igual en Oviedo.
A la calle, a las amenazas, a los insultos, a las agresiones, a la desestabilización. Hay que ser rematadamente ingenuo o del PP -es lo mismo- para crecer, que no van a jugar extremadamente sucio, sea para no perder el poder, sea para recuperarlo en los pocos sitios donde no lo detentan aún.
Todos tendemos a repetir lo que nos ha salido bien. Por eso y con razón se dice que nada es más peligroso que el éxito, ya que la repetición mecánica a la que invita antes o después acaba mal.
A lo que iba. La progresía nacional -por cierto, tan poco nacional- cosechó un triunfo maravilloso tras la campaña callejera desatada durante los dos últimos años del segundo Gobierno de Aznar. A la calle, a la calle, venga a insultar y amenazar.
Fue una operación en cascada. Primero promovieron una huelga general sacada de la manga; después lanzaron oleadas de movilizaciones por el «Prestige» -fue mucho peor el incendio de Guadalajara, entre otras cosas porque murieron once personas, pero en ese caso no movieron ni un dedo- y la apoteosis desestabilizadora se alcanzó cuando el PP apoyó políticamente la guerra de liberación de Irak al igual que la mayoría de los países de la Unión Europea y cincuenta o sesenta naciones de todo el mundo, con la excepción de Francia y Alemania, que ahí le duele al asunto. Bueno, tampoco Rusia y China, que de Robespierre se fue directamente a Lenin y a Mao pasando por...
El momento culminante del proceso agresivo se vivió el 13 de marzo de 2004. Los progresistas violaron la jornada de reflexión, acosaron las sedes del PP de toda España y, zas, ya se sabe lo que pasó.
Ahora que a ellos y a todos se nos cae encima de la cabeza el cielo de la crisis han vuelto a las andadas como último recurso. En Madrid se ve. Bandas de matones recorren la ciudad agrediendo a los políticos del PP. En Valencia, lo mismo. Supongo que un día de éstos sucederá igual en Oviedo.
A la calle, a las amenazas, a los insultos, a las agresiones, a la desestabilización. Hay que ser rematadamente ingenuo o del PP -es lo mismo- para crecer, que no van a jugar extremadamente sucio, sea para no perder el poder, sea para recuperarlo en los pocos sitios donde no lo detentan aún.
Todos tendemos a repetir lo que nos ha salido bien. Por eso y con razón se dice que nada es más peligroso que el éxito, ya que la repetición mecánica a la que invita antes o después acaba mal.
A lo que iba. La progresía nacional -por cierto, tan poco nacional- cosechó un triunfo maravilloso tras la campaña callejera desatada durante los dos últimos años del segundo Gobierno de Aznar. A la calle, a la calle, venga a insultar y amenazar.
Fue una operación en cascada. Primero promovieron una huelga general sacada de la manga; después lanzaron oleadas de movilizaciones por el «Prestige» -fue mucho peor el incendio de Guadalajara, entre otras cosas porque murieron once personas, pero en ese caso no movieron ni un dedo- y la apoteosis desestabilizadora se alcanzó cuando el PP apoyó políticamente la guerra de liberación de Irak al igual que la mayoría de los países de la Unión Europea y cincuenta o sesenta naciones de todo el mundo, con la excepción de Francia y Alemania, que ahí le duele al asunto. Bueno, tampoco Rusia y China, que de Robespierre se fue directamente a Lenin y a Mao pasando por...
El momento culminante del proceso agresivo se vivió el 13 de marzo de 2004. Los progresistas violaron la jornada de reflexión, acosaron las sedes del PP de toda España y, zas, ya se sabe lo que pasó.
Ahora que a ellos y a todos se nos cae encima de la cabeza el cielo de la crisis han vuelto a las andadas como último recurso. En Madrid se ve. Bandas de matones recorren la ciudad agrediendo a los políticos del PP. En Valencia, lo mismo. Supongo que un día de éstos sucederá igual en Oviedo.
A la calle, a las amenazas, a los insultos, a las agresiones, a la desestabilización. Hay que ser rematadamente ingenuo o del PP -es lo mismo- para crecer, que no van a jugar extremadamente sucio, sea para no perder el poder, sea para recuperarlo en los pocos sitios donde no lo detentan aún.
Todos tendemos a repetir lo que nos ha salido bien. Por eso y con razón se dice que nada es más peligroso que el éxito, ya que la repetición mecánica a la que invita antes o después acaba mal.
A lo que iba. La progresía nacional -por cierto, tan poco nacional- cosechó un triunfo maravilloso tras la campaña callejera desatada durante los dos últimos años del segundo Gobierno de Aznar. A la calle, a la calle, venga a insultar y amenazar.
Fue una operación en cascada. Primero promovieron una huelga general sacada de la manga; después lanzaron oleadas de movilizaciones por el «Prestige» -fue mucho peor el incendio de Guadalajara, entre otras cosas porque murieron once personas, pero en ese caso no movieron ni un dedo- y la apoteosis desestabilizadora se alcanzó cuando el PP apoyó políticamente la guerra de liberación de Irak al igual que la mayoría de los países de la Unión Europea y cincuenta o sesenta naciones de todo el mundo, con la excepción de Francia y Alemania, que ahí le duele al asunto. Bueno, tampoco Rusia y China, que de Robespierre se fue directamente a Lenin y a Mao pasando por...
El momento culminante del proceso agresivo se vivió el 13 de marzo de 2004. Los progresistas violaron la jornada de reflexión, acosaron las sedes del PP de toda España y, zas, ya se sabe lo que pasó.
Ahora que a ellos y a todos se nos cae encima de la cabeza el cielo de la crisis han vuelto a las andadas como último recurso. En Madrid se ve. Bandas de matones recorren la ciudad agrediendo a los políticos del PP. En Valencia, lo mismo. Supongo que un día de éstos sucederá igual en Oviedo.
A la calle, a las amenazas, a los insultos, a las agresiones, a la desestabilización. Hay que ser rematadamente ingenuo o del PP -es lo mismo- para crecer, que no van a jugar extremadamente sucio, sea para no perder el poder, sea para recuperarlo en los pocos sitios donde no lo detentan aún.