LUIS M. ALONSO
Aunque ya se va perfilando, aún resulta imposible saber si los demócratas se impondrán a los republicanos o lo contrario, en la carrera hacia la Casa Blanca. Gane quien gane, da igual, nos quedará el recuerdo nítido de una campaña insólita de acusados perfiles. El negro bisoño de estilo kennedyano, al que adoran las élites de profesionales, las mujeres y los actores de Hollywood; el abuelete héroe de Vietnam; la cheerleader ultraconservadora de Alaska y el representante genuino de una casta política que nace, crece, se reproduce y muere en Washington. Obama, McCain, Palin y Biden están repartiéndose estos días las cartas de la última partida antes de enfrentarse con la realidad de las urnas, que, en el país más poderoso del mundo, también consiste en comprender que hay demasiados ciudadanos conscientes de que el planeta puede cambiar sin que ellos tengan necesariamente que hacerlo.
Últimamente nos ha dado por fijarnos en todo lo que se cuece en la política de Estados Unidos, que jamás entenderemos porque para entenderla habría que saber quiénes son los demócratas y quiénes los republicanos, teniendo en cuenta, además, que no todos los segundos responden a las mismas fijaciones ni, muchísimo menos, los primeros, entre los que se puede encontrar desde un «left liberal» hasta un miembro del Ku Klux Klan. No existe una correspondencia política con Europa, porque la historia la han marcado diferentes revoluciones.
Ahora, en la recta final, los dos contendientes y sus parejas se han entregado al fuego traidor que detestaba George Washington. A Washington le reprocharon en una ocasión que se quejase del calor que recibía de una chimenea encendida a poca distancia y por detrás del sillón donde se sentaba.
-Un general debería estar acostumbrado al fuego.
-Sí, pero no por la espalda.
A estas alturas, ya se habrán dado cuenta de que andan a tiros y con trampas, como en O.K. Corral.