ROMÁN SUÁREZ BLANCO
El miedo está permanentemente en la imaginación de quien tiene algo, cualquier cosa, por mínima o descomunal que sea, porque siempre se teme perder lo que se tiene. No tiene más remedio que la razón. Hay siempre las mismas probabilidades de perder lo que se tiene que de conservarlo, y en cualquier caso no vale la pena dejarse hundir en el miedo porque ninguna posibilidad, cuando llega a probabilidad, es evitable al cien por ciento, y por muchas que sean las defensas que establezcamos, quedará siempre una vía de acceso y escape a nuestro tesoro.
Tenemos miedo, se advierte en la gente, a perder los ahorros de toda la vida o de parte de ella. Creo que vale la pena dejarlos donde estaban cuando empezó todo este lío de que los mayores se pusieran a jugar a medidas monetarias y ahora se hayan encontrado con que el dinero no es elástico ni crece espontáneamente, y, como ocurre con el ejemplo de la agricultura, es indispensable preparar la tierra, plantarlo, trabajarlo y cosechar sin olvidarse de repartir cuando llega la hora de hacerlo.
Ése precisamente es el trabajo que debe hacerse en mi modesta opinión desde ahora mismo, dejándose de ocurrencias y de improvisaciones y olvidarse de la posibilidad, concebida por algunos, de que sea posible dejar el trabajo duro para una clase o casta de esclavos y medrar los demás desde la contemplación. Lo decía con ácida gracia Clarasó, en mi opinión un destacado ingenio olvidado por nuestra literatura más reciente, con aquello de «me encanta el trabajo; no puedo vivir sin ver trabajar».
Demasiada gente inventando procedimientos de abreviar el camino de la riqueza y demasiado poca picando, amasando, cimentando y preparando las autovías para que tantos corran a la vez en sus polícromas latitas de conserva con ruedas en busca de la felicidad a través de un ocio organizado sobre el trabajo de unos desconocidos que vienen de fuera y nos estudian con su mirada penetrante, ávida de comprendernos, y, en seguida, de hacerse como nosotros, para lo que vienen, por cierto, perfectamente capacitados.
Demasiada gente en demasiada sinecura, supuestamente expertos en banalidades, consejeros áulicos de los consejeros de cada apoltronado en los numerosos sillones de múltiples representaciones y poderes grandes, medianos y pequeños. Demasiada gente en la creciente maraña administrativa y cada vez menos que administrar, con cifras multimillonarias en proyectos empresariales sin más oferta que la tradicional de los abalorios, ahora sustituidos por esa absurda voracidad insaciable con que nos manipula a todos, a mí el primero, el mercadeo de los «gadgets».
Hay que ponerse a trabajar en serio, con esfuerzo y sudor, por un precio justo, para proporcionar a los habitantes del mundo lo que evidentemente están necesitando para sobrevivir, y hay que acostumbrarse a ahorrar, en la medida de lo posible, para tratar de asegurar la dignidad de la vejez, y para ello, ahora mismo, hay que crear empresas seleccionadas e incitarlas a que se asocien para formar grupos empresariales, y es necesario aprovechar la ocasión para conseguir empresas racionalmente organizadas en lo económico y una sociedad más solidaria consigo misma.
Y quien no sepa estar a la altura de las circunstancias, pienso que sería mejor que dejara hacer a quien sí sabe. Sin perder el tiempo jugando con el miedo.