JAVIER MORÁN
El mar, la mar, acaba de traernos la inmensa reiteración de siempre y una sorpresa; menos mal. Esta última fue el abordaje de un barco carbonero que ejecutó Greenpeace en aguas gijonesas. Decimos que menos mal con la sorpresa porque la dársena local produce mayormente noticias de sobrecostes, financiaciones esperadas, comparecencias estériles en la Junta, y demás ruido político.
En cambio, los muchachos de Greenpeace han traído acción, pintadas, pancartas, buques verdes, etcétera. Y también han arrojado sobre nosotros un discurso que no entendemos del todo, contra el carbón y su CO2 emanante, contra el Plan de la Minería y demás, para que se acabe con todo ello.
Sin duda, las agallas de los hombres y mujeres de Greenpeace son inmensas, pero con ese valor a las espaldas deberían fijar mejor sus objetivos de ataque, por ejemplo, las combustiones del carbón chino en China, que viene a ser de los mejores productores de gases de efecto invernadero. Claro que ir hasta el Extremo Oriente y enfrentarse a esos ciudadanos de ojos almendrados debe de ser más difícil que venir a Gijón. Esto no quiere decir que no hayan ido a castigar el orgullo amarillo, pero probablemente deberían hacerlo más, incluyendo a otras naciones sospechosas, Rusia, India, etcétera.
Aquí, para serles sinceros a los batalladores de Greenpeace -que, si no existieran, habría que inventarlos, no obstante-, estamos deseando que el carbón vuelva a ser fuente energética utilizable, eso sí, tras intensas investigaciones sobre combustión más limpia y sobre captura de CO2. Ingenieros y químicos trabajan en ello, pero, por lo que respecta a nuestros gobernantes, andamos abandonados de la mano de Dios. La política energética de este país consiste en verlas venir.
Por tanto, aquilate mejor Greenpeace sus objetivos; venga aquí de vez en cuando, pero afine mejor la puntería.