LADISLAO DE ARRIBA
Nadie pone en duda el papel, teóricamente positivo, de la oposición. La crítica viene bien al gobernante, porque el político ha de ser, necesariamente, algo masoquista. Ha de serle conveniente recibir caña, mejor con coña que con sangre.
El pueblo, ya desde la antigua Roma, necesita «pan y circo». Al público infantil le encantan las bofetadas (de mentirijillas) de los payasos en la pista circense. Igualmente, el electorado lo pasa muy bien cuando la oposición, cual tábano (o mosca cojonera), incide contra quienes rigen los destinos de la nación, de la comunidad o del Ayuntamiento.
Pero no compensa hacerlo sobre temas superfluos, colaterales y de menor cuantía. Incluso puede producir el efecto contrario entre el electorado.
En el Ayuntamiento gijonés, por eso de disentir de todo, alguien ha arremetido contra el Acuarium, que es una de las mejores ideas de esta Corporación.
Partiendo de que Gijón ha dado la espalda a la mar, la población inmigrante («foriatos» de tierra adentro, incluso entre los concejales), que ya es mayoría en la villa (otrora marinera y pescadora), no distingue pulpo de calamar, llámpara de amasuela o sapa de andarica.
El Acuarium adquiere un valor pedagógico indudable y su afán es procurar que no haya ningún gijonés de espaldas a la mar.
Y también a la culinaria gijonesa, que no deja de ser una indiscutible seña de identidad. Que el pueblo sepa no perdonar a una hostelería si da «pixín» por langosta o virutas de ballenato por angulas.