JAVIER MORÁN
Hay quienes señalan el haber franqueado la barrera de los cuatro millones de desempleados como la señal de alarma total. En consecuencia, el discurso y el discurrir político de Zapatero y Rajoy se ha radicalizado, en el caso del primero para asegurar que el Estado social permanecerá incólume, cueste lo que cueste -lo acaba de formular también el ex ministro Caldera, aquí, en Asturias-; y el segundo para predecir que las fórmulas socialistas contra la crisis nos conducirán a un degolladero mayor.
Hay que contar con que los malos vientos favorecen a Rajoy. Pese a que Obama se ha puesto los ojos del águila y dice vislumbrar mínimos signos de recuperación, comprobamos que el quebranto español es de otra naturaleza, y los vecinos europeos más severos ya empiezan a preguntarse hacia dónde va a arrastrar España a la Unión, con su descomunal cifra de paro, récord mundial, después de Sudáfrica, al parecer. En resumidas cuentas, el deterioro durará aún varios meses, y decimos que ello rula a favor del PP.
Precisamente por ello, y además de estas críticas circunstancias, lo que más nos estremece es esa referida distancia de pareceres entre Gobierno y oposición, es decir, entre las dos fuerzas que suman el voto de la mitad de los españoles. La radical separación significa por ahora que no habrá tregua alguna para consensuar alguna medida que, al menos, transmita a los ciudadanos algo de confianza.
Es decir, algún acuerdo entre PSOE y PP no sería ya un desafío ideológico, sino terapéutico, una homeopatía consistente en que, vistos los dos mandatarios acordando alguna medida, el ciudadano diga a continuación: «Pues ahora me compro el coche».
Volvamos a la realidad. Las elecciones europeas, que suelen interesar bien poco, son la próxima cita del interés político. Hasta entonces, proseguirán las alarmas y los discursos irreconciliables. La terapia ha de posponerse.