JUAN F. CASERO LAMBÁS
Este año se cumplen cuatro siglos. Antes del primer edicto de expulsión del 22 de septiembre, el 9 de abril de 1609 el Consejo de Estado de Felipe III, presidido por el duque de Lerma, tras dos años de debates, aprueba la expulsión de los moriscos por razones de seguridad interior y el mismo día se firma en Amberes la tregua de los Doce Años con las Siete Provincias Unidas de Holanda, que suspende la guerra de Flandes hasta el estallido en 1618 de la guerra de los Treinta Años. Es el intervalo de nueve años conocido en Europa como «Pax Hispanica». La tregua culmina una sucesión de victorias diplomáticas tras el fracaso militar de la Armada Invencible de 1588, que confirman la hegemonía española en Europa resultante de San Quintín y del tratado de Cateau-Cambresis de 1559. En la paz de Vervins de 2 de mayo de 1598, Enrique IV Borbón devuelve a España el Charolais y renuncia a Flandes, cuatro meses antes de la muerte de Felipe II. En la paz de Londres de 1604, negociada con Jacobo I Estuardo por Lerma, se logra lo que la Armada Invencible no pudo lograr: el cese de los ataques corsarios ingleses contra las ciudades de la costa de España y América, y el del apoyo inglés a los rebeldes de Flandes. La lúcida y realista política de Lerma se orienta ahora al control del Mediterráneo y de la piratería berberisca y a la solución final de la guerra de Las Alpujarras terminada en 1571 e iniciada por Aben Humeya en 1568, un gran problema de seguridad interior frente al poder otomano y a Francia, pues Francisco I se alió con Selim o Soleimán el Magnífico en 1534 al recuperar Carlos I Túnez y en 1538 al derrotar Barbarroja a la flota de Andrea Doria en Preveza (Grecia). En 1570 el hijo de Soleimán Selim II planeó ayudar a los moriscos, pero optó al final por la invasión de Chipre. Era prioritario controlar el Magreb. En dos operaciones anfibias Lerma conquista Larache en 1610 y en 1614 La Mámora, junto a Rabat. Una gran operación contra Argel -donde Cervantes fue prisionero cinco años tras su captura ante Palamós en 1575- se frustra en 1618 con la guerra de los Treinta Años tras caer Lerma. El cautiverio de Cervantes al regreso de Lepanto (1571) prueba el riesgo real de colusión entre la amenaza berberisca por mar y una rebelión interior morisca.
Trevor J. Dadson (2007) ha demostrado que la ejecución de la expulsión se graduó en 5 años, hasta 1614, y que en muchos casos los procesos judiciales y el apoyo del vecindario y de la nobleza terrateniente la impidieron. La generación diplomática del duque de Lerma que diseñó la expulsión fue la más capaz de la historia de España. Nombró embajadores al conde de Gondomar en Londres, al gran Baltasar Zúñiga en Praga ante el Sacro Imperio, al conde de Oñate en Viena y al marqués de Bedmar en Venecia y París. La expulsión de los moriscos no puede ser vista como una decisión racista o religiosa, aunque la retórica política del momento la justificase en nombre de la fe. Al terminar siete siglos de ocupación islámica en 1492, los moriscos eran 275.000 (Lapeyre) o 300.000 (Domínguez Ortiz y Vincent), de una población peninsular de 7.000.000, concentrados en Aragón, donde suponían el 15% del censo, Granada (55%) y Valencia (30%). La guerra en Las Alpujarras estalla en 1568 con 25.000 sublevados y apoyo berberisco, al mismo tiempo que la guerra de Flandes. Felipe II ha de traer parte de los Tercios de Italia al mando de Juan de Austria y tarda tres años en someter la rebelión, justo cuando Isabel I Tudor decide apoyar a Guillermo de Orange: el peor momento. Antes, en 1492, la capitulación de Granada reconoce la libertad de culto, pero en 1500 surge la primera rebelión morisca y Fernando el Católico opta por una política de asimilación forzosa moderada, prohibiendo en 1502 la lengua, el atuendo y las costumbres externas árabes. Esa política de presión fracasa con la segunda rebelión en 1526 de Selim Almanzor contra Carlos I en la sierra de Espadán (Castellón), que hubo de ser sofocada con lansquenetes alemanes debido a la guerra de las Germanías, en otro momento crítico. A pesar de todo, Carlos I en lugar de la expulsión, suspende la pragmática de 1502 por 40 años hasta 1566. Los moriscos rechazaban todo intento de asimilación y habían creado una identidad nacional propia dentro del Estado propensa a la sublevación. Al expirar la moratoria de 1526, en 1567 Felipe II -aconsejado por Mondéjar- aplica la pragmática de 1502 y estalla la rebelión en el Sur. A pesar de todo, tras la guerra Felipe II descarta de nuevo la expulsión y ordena la dispersión forzosa de 80.000 moriscos, que, como afirman Lynch y Elliot, resultó ser un error, pues en vez de resolver el problema, lo generalizó. Un informe reservado del Consejo Real de marzo de 1577 dirigido al Rey advertía que los moriscos de Valencia preparaban una sublevación en cuanto llegase una flota turca (Kamen). El Consejo de Estado fue creado en 1526 por Carlos I como órgano secreto de consulta en política exterior y su decisión de abril de 1609, tras un siglo de fracasos, fue largamente debatida de forma colegiada. El grave efecto indirecto de la rebelión de Las Alpujarras fue dividir la fuerza militar requerida en Flandes, que degeneró así en una guerra de desgaste de 80 años. Como afirma Kamen, según Juan de Ovando, presidente de la Junta de Hacienda, el duque de Alba en 1574 gastaba en Flandes 600.000 ducados de oro al mes, reducidos en 1598 a la muerte de Felipe II a 1.500.000 ducados de oro anuales sobre un total de ingresos al año de la Corona de 10 millones, con una deuda acumulada de 68 millones. Flandes pudo ser la tumba financiera del Imperio. Aunque hiriente para nuestra sensibilidad, la expulsión morisca debe ser entendida en su contexto histórico. La crítica a la expulsión basada en los derechos de las minorías reconocidos en el siglo XX es anacrónica e ignora que el problema real no era la etnia, sino la rebelión. Como dice John Elliot, «resulta plausible la creencia de que la expulsión era la única solución posible. Fundamentalmente la cuestión morisca era la de una minoría racial no asimilada -y posiblemente no asimilable- que había ocasionado trastornos constantes desde la conquista de Granada» («Imperial Spain», 1963). La única alternativa en su época a la lamentable expulsión morisca hubiera sido la paz política en el Mediterráneo con la Sublime Puerta otomana. Algo tan irreal en 1609 como la Alianza de las Civilizaciones en 2009.