LADISLAO DE ARRIBA
Confieso mi debilidad por las broncas en el «saloon» que la gente del lejano Oeste organiza por un quítame allá esos whiskys. En el debate sobre el estado de la nación que ha dado la tele he presenciado una (sin pasar por taquilla), pero mucho más aburrida que las habituales en las películas de vaqueros. Sólo me he divertido cuando uno de los contendientes llamó a su rival «faltón» y cuando éste replicó llamando analfabetos (literalmente «que no sabían leer») a la cuadrilla del otro. Este aspecto tabernario de la lucha política nos sabe a poco a quienes somos devotos de las películas del Oeste. La razón puede que radique en que no hay vencedor ni víctima. Siempre termina en empate. Y pudiera obedecer a que son duelos a palo seco, salvo las copas de agua que sirve un ujier. Me consta que en el «saloon» de la Carrera de San Jerónimo existe una cafetería creada por el conde de Romanones. De ahí que se la conozca como «la taberna del cojo», porque don Álvaro de Figueroa era renco. Para que se animasen los protagonistas de estos duelos yo les pondría a mano una botella de Bourbon y ya veríamos cómo no terminan empatados estos bravucones del estado de la nación. Empatando, aburren. Y para ver cosas aburridas vale más no encender la televisión. Yo deseo que uno de los dos sea abatido y que al caído le cuente hasta diez el señor Bono y levante el brazo del vencedor para que los ocupantes de los escaños rujan. Rujan, bramen o rebuznen. Me da lo mismo.