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FERNANDO LAS HERAS ANDRÉS CATEDRÁTICO DE TEORÍA DE LA SEÑAL En esta vorágine del tan manido proceso de Bolonia, o como algún profesante enfervorizado del mismo llego a traducir como «boloney process» (por favor no tiren de diccionario, no se vayan a llevar una sorpresa), todo son argumentos sobre las grandes transformaciones que va a suponer en la formación superior en nuestro país.
El suplemento al título que facilita la interpretación de la formación realizada por el alumno en todos los países de la Unión Europea, el cambio de la estructura de los títulos en cuanto a su duración, la flexibilidad a la hora de diseñar títulos que ya no tienen por qué ser comunes ni tan siquiera en el territorio nacional y, sobre todo, la nueva forma de medir la formación (de las asignaturas) en términos del crédito europeo (ECTS) que contabiliza las horas de trabajo del estudiante y que debería conllevar un cambio de metodología docente centrada en un mayor seguimiento del trabajo continuo del alumno son los elementos centrales del debate de Bolonia y supuestamente de gran calado en la transformación de la docencia universitaria. Es un modelo que se define centrado en el alumno y, por consiguiente, en la voluntariedad del alumno.
¿Cómo se pone en funcionamiento un nuevo título (por ejemplo el grado) ajustado a este nuevo espacio europeo de educación superior? La propuesta de cada título se hace a través de lo que antes se llamaba plan de estudios, que ahora se llama memoria de verificación y que describe, además de las asignaturas, otros muchos elementos como las competencias a adquirir, mecanismos de implantación y seguimiento, etcétera. Dicha memoria debe ser aprobada por la Universidad, la comunidad autónoma y por el Consejo de Universidades a través del informe de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA).
Entre esos elementos de la memoria de verificación, hay un apartado del que no se suele hablar mucho, que reza: «Resultados previstos: tasa de graduación, tasa de abandono y tasa de eficiencia». Por ejemplo, la tasa de eficiencia está relacionada con el número de aprobados respecto de los matriculados. En el caso de una cadena de fabricación o montaje con materia prima sin voluntad, parecerían buenos indicadores de la calidad del funcionamiento de la fábrica. En un sistema educativo, donde la materia prima tiene voluntad, dicho apartado tiene una gran componente de pronóstico y no se vislumbra inicialmente su intencionalidad, a no ser que uno piense que nuestros gobernantes traten de promover una nueva modalidad de porra.
La cuestión no es banal, puesto que una vez aprobado un título (por tanto, con carácter oficial en todo el territorio nacional) y transcurridos 6 años desde su implantación, la ANECA someterá dicho título a un proceso de revisión (acreditación) en relación a lo que ha acontecido y a lo que se le presentó inicialmente en aquella memoria de verificación. ¿Y si considera que no se ha cumplido lo previsto? Pues podría ocurrir que el informe de la ANECA derivara en la revocación del título, quedando sin validez oficial.
¿Y en qué están basadas las cifras de los resultados previstos que, en general, las universidades están poniendo en dichas memorias de los nuevos títulos? ¿En los resultados de las titulaciones actuales de licenciatura o ingeniería? Más bien no. ¿En valores que reflejan un deseo o que puedan considerarse como políticamente correctos para que la Universidad y la comunidad autónoma den el visto bueno al título? Caliente, caliente.
De los nuevos títulos (grados) propuestos hasta la fecha en toda España, incluyendo el ámbito de la ingeniería, la mayor parte de las memorias de verificación que puede uno ir conociendo incluye tasas de eficiencia superiores al 75%... Si de verdad luego hay que cumplir estos valores, ¿no será este elemento uno de los que realmente transformen el panorama del sistema educativo universitario?
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