LUIS M. ALONSO
Las cosas no siempre son como nos gustaría que fuesen y mucho menos en el fútbol. El «hecho aislado» de María Teresa Fernández de la Vega lo protagonizó un amplio sector del público que acudió a Mestalla para animar en la final de la Copa al Barcelona y al Athletic y consistió, como ya saben, en abuchear al Rey y al Himno nacional.
La magnificación del hecho se debe a la televisión pública, que censuró el sonido y las imágenes, seguramente por un exceso de celo impropio de periodistas y de un canal que pagamos todos los españoles, obligado a informar de lo que sucede y a emitir los acordes de la Marcha Real, no a silenciarlos porque a una recua de radicales maleducados le dé por comportarse de modo inapropiado. Pitos y censura: dos afrentas, en vez de una, al símbolo y la primera institución del Estado. Ambos incidentes convierten una vez más a España en un lugar insólito a los ojos del mundo democrático. ¿O acaso alguien se puede imaginar una imagen semejante en un país del entorno?
La situación es, por tanto, anómala. Muchos dirán que esto es lo que hay y que tampoco se pueden evitar estas cosas en un estadio de fútbol con 53.000 espectadores y en un clima apasionado. También se podrá decir que no todos los aficionados del Athletic y del Barça son unos energúmenos. Pues claro que no lo son, pero eso no significa que el de anteayer sea un hecho aislado, como asegura la Vicepresidenta. Los insultos a los símbolos nacionales son la consecuencia de una convivencia envenenada que conocemos todos, alentada no sólo por políticos. El propio presidente del Barça vive en la contradicción que le permite declararse separatista, disputar y, al mismo tiempo, recibir la Copa del Rey, que debería rechazar por coherencia. Los mismos que abuchean el Himno y aborrecen a España tendrían que pedírselo.
Al menos, en esta ocasión, con las aficiones unidas en un fin común, los jugadores no se liaron a patadas como en 1984. El espectáculo fue otro.