ANTONIO OCHOA
Hace tiempo, gracias a una de esas personas amables que no sólo leen todo lo que cae en sus manos, sino que, además, comparten sus descubrimientos, llegó a mis manos un libro titulado «Allegro ma non troppo», del economista Carlo María Cipolla (les prometo que esta vez no me lo estoy inventando). En él se hace un estudio (aparentemente humorístico) de las consecuencias sociales de la estupidez a través de un análisis (aparentemente serio) que identifica en las acciones humanas sus componentes de bondad e inteligencia teniendo en cuenta los beneficios o perjuicios que reportan a sus autores y al resto de los afectados. Así, si llevo a término un negocio en el que todos resultamos beneficiados, actúo de manera inteligente, pero si se benefician los demás y yo pierdo, actúo como un incauto. Por otro lado, si he obtenido ganancias a costa de hacer perder a otros, he actuado como un bandido y, si todos salimos perdiendo, he actuado como un absoluto estúpido.
Resulta sencillo demostrar que los estúpidos son más dañinos socialmente que los bandidos. Si alguien me roba 100 euros sin que me entere, la sociedad en conjunto no ha perdido nada, sólo ha habido una redistribución no autorizada de la riqueza. En cambio, si alguien destroza una farola, todos perdemos un poco de luz y nadie gana nada. El problema es que, según Cipolla, en todo grupo humano existe un porcentaje igual de estúpidos, independiente de cualquier otra circunstancia, y no hay nada que se pueda hacer al respecto. Toda sociedad ha de sobrellevar esta pesada carga; lo que diferencia a unas de otras es la actitud y composición del resto de los grupos. En las comunidades fuertes los puestos de responsabilidad tienden a estar ocupados por individuos inteligentes que generan beneficios para todos mientras mantienen a raya al resto. En las decadentes, los cargos de poder se llenan de bandidos con un fuerte componente de estupidez (aquellos que causan grandes daños para obtener pequeños beneficios), mientras que los ciudadanos de a pie tienden a comportarse como incautos y. sobre todo, se permite que los estúpidos actúen con total impunidad.
Debo decir que el libro me divirtió tanto como me hizo reflexionar. Por eso, cuando veo que cierto tipo de acciones estúpidas (también llamadas «actos de vandalismo») se repiten con cierta asiduidad en mi entorno sin que nadie parezca querer ponerles coto, no puedo dejar de preocuparme: ¿Estamos entrando en decadencia? Es cierto que, como aseguran los responsables municipales, aún no hemos llegado a los extremos, por ejemplo, de las imágenes que hemos visto de las celebraciones del Barça, pero eso es sólo porque la SD Narcea no ha ganado la Copa del Rey este año. ¿Hemos de esperar a que la gane antes de tomar medidas?
Estas cosas son como virus, y si no se controlan a tiempo cada día crece el número de infectados. Y el único tratamiento con garantías probadas de éxito es el que empleó la DGT para frenar la mortalidad en carretera: foto dedicada y sangrado de cartera. Aunque resulte anatómicamente inexplicable, el camino más rápido para llegar a la mente de la gente pasa por su bolsillo. Estoy seguro de que si se ponen en marcha medidas de vigilancia, tanto presencial como electrónica, en los lugares y momentos adecuados, y se imponen unas cuantas sanciones ejemplares se conseguirá en poco tiempo erradicar el problema y evitar que vaya a más.