Lectura con pausas del viaje papal

n El valiente viaje de Benedicto XVI a Tierra Santa

 
Lectura con pausas del viaje papal
Lectura con pausas del viaje papal  

ÁNGEL AZNÁREZ "Los verdaderos creyentes hacen muy poco ruido, decía mi maestro, el rav o rabbi Yehiel Landa, tan poco ruidoso. Su discreción era proporcionada a la extensión y profundidad de su fe. Su experiencia e inmenso saber le habían enseñado que es inútil predicar, que lo que hay que hacer es dar ejemplo".



(GILLES BERNHEIM,«Gran rabino de Francia)



El reciente viaje del Papa a Tierra Santa se puede considerar de globalmente satisfactorio. Ni de tanto éxito como se cuenta en fuentes publicitarias vaticanas, ni de fracaso como se dice en el Rabinato de Jerusalén. El viaje, de extraordinaria dificultad, resultó positivo y el Papa demostró gran valentía, lo cual merece reconocimiento y aquí lo hacemos, con la libertad que, para alabar o criticar al obispo de Roma, nos obliga el mandato en la Biblia de rechazar cualquier tipo de idolatría, incluida la papal.



El mismo Papa y su séquito reiteraron la naturaleza no política del viaje, repitiendo que era «una peregrinación a los Santos Lugares para rezar por la unidad y paz en Oriente Medio». Resultó evidente su carácter religioso, de igual modo que el político negado. El rechazo a lo político en los viajes papales -artificio para no tratar temas de explosivo riesgo- choca con esa totalidad, tan peculiar del catolicismo, que consiste en que el Papa sea tanto vicario de Cristo como jefe de Estado, lo que resulta extraño al predicarse con reiteración lo de «Dad al César?». Los viajes de los papas serían menos políticos si el mismo Papa renunciara a su condición de jefe de Estado y sin la personalidad internacional de la Santa Sede, conformándose con ser un líder religioso como los demás. Fue pisar suelo israelí y pronunciarse sobre el problema nuclear (hay mucho asunto nuclear) geopolítico de Oriente Medio, o sea, la discutida solución de los dos estados, el judío y el palestino, que es empeño de Obama.



Esa distinción entre lo político y lo no político, ni se puede entender en tierra de musulmanes, que no separan lo uno y lo otro por mandato del sagrado Corán, ni se la puede entender en el pueblo judío, de Alianza con su Dios, que tanto les ayudó, acaso más en el pasado que en lo contemporáneo (se recomienda la lectura del Libro de Josué). Sólo el monoteísmo cristiano -como ya escribimos en otro momento- separa a Dios y al César, pero ¡oh, qué curioso! sólo en el monoteísmo cristiano el Papa es, en sí mismo y casi (todo por muy poco) las dos «entidades». Por otra parte, el protagonismo político del viaje permitió que, durante una semana, las diplomacias americanas e israelíes pudieran trabajar en la sombra para salir del atolladero en el que se encuentran por divergencias importantes. La visita del Papa solapó con éxito durante la semana la exhibición de nervios de los judíos israelíes y norteamericanos (el «lobby» American Israel Public Affaire Comité (AIPAC) con Obama Hussein, que cada vez preocupa más.



Fue inteligente empezar el viaje a tierra semítica, árabe y judía, por Jordania, aunque se produjo un efecto nada querido, como fue el recuerdo de la gran matanza de palestinos por hermanos árabes. En el «Septiembre negro» de 1970, por orden del rey Hussein, padre del actual -beduino británico- Abdullah II, fueron asesinados entre seis mil y diez mil palestinos (incluidos mujeres, niños y ancianos), siendo Israel, para paradojas, refugio de otros muchos. Debe indicarse que en la actualidad cerca del 80% de la población de Jordania es palestina, siendo los musulmanes beduinos y los cristianos árabes dos minorías.



Gracias a la televisión (RAI) se pudo ver en directo el sábado 9 de mayo el acto con los líderes religiosos musulmanes, uno de los mas importantes de la «peregrinación», celebrado en la nueva mezquita, llamada Hussein, en recuerdo de ese rey, ahora «ejemplo de hombre de paz». El Papa llegó en un ampuloso vehículo Mercedes Benz, con banderola al viento del Estado Vaticano; después el príncipe Ghazi Bin Talal, asesor religioso del monarca, alto y espigado (no parecía de la familia hachemita), leyó un discurso en el que declaró recibir a Benedicto XVI por todo: por líder y sucesor de San Pedro, por Papa, por peregrino y por jefe de Estado. Agradeció en inglés la «clarificación» del Vaticano al confuso discurso de Ratisbona, heridos los musulmanes -según dijo- por su amor al Profeta. Luego entró en tema de teología islámica, no dejando de recordar, con mucha intención, que en las guerras contra Israel, en 1948 y 1967, los cristianos jordanos combatieron contra los judíos.



El discurso papal de respuesta no mencionó Ratisbona, pero sí explicó de nuevo a los musulmanes -la insistencia levanta sospechas y suspicacias- lo de razón y fe, y lo de la manipulación ideológica de la religión. Ambos, el Papa y el Príncipe musulmán, declararon compartir el amor al Dios único, creador del cielo y la tierra, omnipotente y trascendente, así como el amor al prójimo. Y ahí terminó la concordia interreligiosa, pues Cristo, esencial al cristianismo y que el Papa no mencionó, es un accesorio profeta en tierra del Islam, que no admite que ese Dios, tan y tan altísimo, se haya encarnado en un hijo, de él y de madre judía. Lo del monoteísmo cristiano, compatible con la Santísima Trinidad, no lo aceptan ni lo pueden aceptar los musulmanes ni los judíos.



El lunes 11 de mayo, ya en Jerusalén, Benedicto XVI pronunció el esperado, incluso con morbo, discurso durante la visita al mausoleo de la Shoah. Es de interés tener presente, previo al comentario del texto leído, dos hechos. Primero: el peregrinaje de Pablo VI a Tierra Santa, en el lejano 1964, se produjo con Cisjordania y Jerusalén Este bajo soberanía de Jordania, cuyas autoridades tenían prohibido a los hebreos rezar en el Muro de las Lamentaciones; el Vaticano rechazaba reconocer al Estado de Israel, y los judíos, en aquel tiempo, aún no habían «puesto a raya» a la Santa Sede, como ahora la tienen puesta, a la que no dejan pasar sin consecuencias ni un mínimo desliz. Sólo unos días antes de ese viaje, se había estrenado en Berlín la obra teatral «El vicario», que fue el comienzo del escándalo por omisión de Pío XII. Segundo: Juan Pablo II era querido por los judíos, con amigos judíos de juventud de guetos polacos (Jerzy Kluger y otros), que dieron fe de sus acciones antinazis y projudías; en su pontificado se establecieron las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede e Israel (recomendable la lectura del capítulo 9 del libro «Los secretos de un diplomático», de 2005, escrito por Avi Pazner, embajador de Israel ante el Estado italiano en aquella época).



El alemán Papa, al contrario, por episodios de juventud y también por torpezas -creo a Benedicto en su rechazo de verdad al antisemitismo- lo tenía muy complicado, con prejuicios y juicios muy adversos hacia él. Rabinos ilustres y supervivientes de los campos de concentración, presentes en Yad Vashem, calificaron la alocución papal de distante y fría, mucho más que la de Juan Pablo II en el mismo lugar (2000). Eso es así y tienen razón, leídos y releídos ambos textos. Es verdad que el vicario de Cristo condenó con firmeza el Holocausto y el antisemitismo, pero también es verdad que lo que rabinos y víctimas del Holocausto le pedían, no les fue concedido: la petición de perdón papal por la histórica y continua fobia a los judíos (judeofobia) hasta el Vaticano II por la Iglesia católica. Antijudaísmo cristiano causado por la negativa de los hebreos a reconocer a Jesús como hijo de Dios, los cuales juzgan a la Iglesia, junto a otras causas, responsable de la muerte de seis millones de judíos por los nazis alemanes. San Agustín, tan leído por el Papa Benedicto, ya dejó escrito aquello de que los judíos llevan consigo el peso de la maldición divina por haber rechazado a Jesús.



Es posible que los judíos -para los que el estudio es el instrumento principal para la redención, educados desde la primera juventud en la práctica de la mitsva con la pasión del saber y con las sutilezas interminables de las tradiciones talmúdica y cabalística, raíz de su excelencia intelectual- quieran hacer incomprensible lo que, sin duda, comprenden. Claudio Magris lo explica bien: «Pedir perdón es más difícil que perdonar. Quien pide perdón se pone de alguna manera por debajo de aquél al que se dirige. Reconoce, al menos en lo que atañe al hecho en cuestión, su inferioridad humana y moral respecto a él». Que eso, pedir perdón, de verdad, con solemnidad y no de rápida pasada, lo efectúe el jefe de una religión de más de mil millones de fieles, es muy, muy difícil y por razones varias, sin olvidar que quienes ahora mandan en San Pedro de Roma, se opusieron a los perdones suplicados por Juan Pablo II al nacer este milenio.



Si el anciano y sabio rav o rabbí Yehiel Landa despertase de su sueño infinito, se aturdiría por tanto ruido y calaría su sombrero negro, tapando los oídos y aplastando las blancas trenzas, para no escuchar el estrepitoso guirigay.

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