MILIO MARIÑO
ESCRITOR
Es difícil encontrar un personaje público que goce de tanto prestigio y tan buena prensa como Florentino Pérez. Florentino está en boca de todos a pesar de que su mérito más conocido fue fichar jugadores y abandonar el Real Madrid cuando los March y los Albertos le impusieron que dejara el fútbol y se dedicara a ACS. Eran otros tiempos, fue hace tres años, cuando el negocio del ladrillo estaba en lo más alto y presidir el Madrid exigía una dedicación casi exclusiva. De ahí que los accionistas no vieran con buenos ojos que el presidente de la primera constructora del país lo fuera a su vez de un club de fútbol. Ahora todo es distinto; Florentino ha vuelto. Ha conseguido que los socios del Real Madrid olvidaran aquella espantada y desearan su vuelta como los españoles la de Fernando VII; a quien, por cierto, primero aclamaron como «el deseado» y luego pasó a la historia como el rey felón.
Lo de los socios está claro, pero cabe preguntarse qué dicen ahora los March y los Albertos, que son el núcleo duro y quienes mandan en ACS. ¿Acaso les parece bien que Florentino descuide los negocios y se dedique más al Real Madrid? Pues sí, eso parece. Los activos de ACS, a precio actual de mercado, valen menos de lo que la empresa debe a los bancos y eso da como resultado que la constructora esté, técnicamente, en quiebra. El ladrillo ya no es negocio y el futuro pasa por la expansión internacional, lo cual explica que fueran precisamente ellos, los March y los Albertos, quienes impulsaron la vuelta de Florentino, pues su presencia como presidente blanco les va a permitir aprovechar el tirón del fútbol en el Sudeste asiático.
La jugada es perfecta; es como si estuviéramos ante una carambola a tres bandas. Florentino es bueno para el Madrid, bueno para ACS y bueno para la prensa; mejor, imposible. Volvemos a Fernando VII, el que fuera gran aficionado al billar pero mal jugador, de ahí la famosa frase que hacía alusión al modo en que le colocaban las bolas.
Así se las ponían a Fernando VII y así se las ponen a Florentino, de ahí que no sólo haya vuelto, sino que lo haga sacando pecho. Menudos apoyos: los March, los Albertos, la prensa, los socios y la Caixa, que fue quien suscribió su aval de 57 millones de euros. Toma castaña. Cuando todo el mundo habla de meter mano al desmadre de las cajas de ahorros y aboga por un mayor control, nos encontramos con que la Caixa, que es una «entidad benéfico-social» respaldada por el Estado, avala al presidente de una empresa que está técnicamente en quiebra para que pueda aspirar a presidir un club de fútbol que durante su anterior mandato tuvo pérdidas por valor de 481 millones de euros (maquilladas por la venta de la Ciudad Deportiva), tiene un pasivo de 500 millones y un activo cifrado en 700 gracias a la triquiñuela contable de inflar el valor de los jugadores.
A eso se llama predicar con el ejemplo. Mientras todo el mundo pide rigor y prudencia, aparece una caja de ahorros que avala y concede créditos a un equipo de fútbol que no es ni sociedad anónima, es una sociedad deportiva. Asombran la desfachatez y, sobre todo, la impunidad. Asombra pensar que somos ciudadanos para la crisis y súbditos para el fútbol.