FRANCISCO PALACIOS
En el discurso considerado políticamente correcto de los últimos años se ha impuesto la idea de que la inmigración es siempre un bien en sí mismo. Un bien al que se le atribuye toda suerte de virtudes. Se presenta el mestizaje como un prodigio aplicable a las más diversas facetas de la vida social. Por ejemplo: cuando la selección de fútbol francesa se proclamó campeona del Mundo, se escribió que el triunfo había sido, sobre todo, el resultado de «un ejemplar mestizaje», porque jugaron con Francia varios futbolistas que no habían nacido en la metrópoli.
Sin embargo, la valoración del fenómeno migratorio dependerá de los efectos que produzca y de cuáles sean las necesidades y las metas de los propios emigrantes. En principio, no parece positivo el hecho de que millones de personas se vean obligadas a abandonar su hogar y su tierra por falta de expectativas.
Por otra parte, muchos de esos inmigrantes forman parte de lo que se conoce como trabajadores «invisibilizados», lo mismo que un sector de lo trabajadores nativos. Generalmente, son trabajadores sin contrato y con salarios inferiores a los que les corresponden, que realizan más horas de las legalmente establecidas y no están dados de alta en la Seguridad Social y cuyas empresas no suelen cumplir la normativa de la prevención de riesgos laborales.
Al grupo de esos obreros «invisibilizados pertenecía Franns Rilles Melgar Vargas, el joven emigrante boliviano que sufrió la mutilación de un brazo en una panificadora de Gandía. Gracias a la magnitud que alcanzó el suceso en los medios de comunicación, se sabe que Franns, además de no recibir el auxilio necesario por parte de sus jefes en unas circunstancias dramáticas y desesperadas para él, estaba sin contrato laboral y ganaba 700 euros mensuales por jornadas ininterrumpidas de 12 horas. (Qué lejos parece quedar en estos casos la utópica aspiración atribuida al carpintero neozelandés Samuel Parnell, que reivindicó en 1840 que los hombres deberían disponer de «ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir y ocho horas dedicadas al ocio y al cultivo personal»).
De cualquier modo, en la misma o parecida situación que Franns hay cientos de miles de trabajadores en España, inmigrantes y nativos, legales y sin papeles, en períodos de bonanza y de crisis, aumentando el grado de explotación cuanto más frágil y desfavorecida es la posición social de sus componentes. Una servidumbre rayana muchas veces en la esclavitud.
Los dueños de la panificadora han declarado que tiraron el brazo de Franns a un contenedor de la basura «porque era necesario seguir trabajando». Unas declaraciones que ponen de manifiesto la falta de escrúpulos morales de ciertos empresarios, para los que el principal objetivo es la obtención del máximo beneficio. Un beneficio sin límites ni cortapisas, más allá de cualesquiera otros valores y principios.