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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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LADISLAO DE ARRIBA El vecino del piso de abajo en esta residencia, tan mediática, llamada «Más Gijón», ha escrito un artículo, tan entrañable como costumbrista, sobre los «recaos» que le encargaba su madre cuando la adolescencia. De los que le encarga ahora su mujer nada nos cuenta.
Leyendo su bello artículo me vinieron a la memoria los «mandaos» que yo tuve que hacer cuando contaba su edad. Los míos fueron en «bici» y en tiempos de guerra e incertidumbre.
Uno de ellos era ir una vez por semana a Veriña, a traer carne de un matadero clandestino que allí tenía un carnicero amigo de mi padre, porque la carne que suministraban los del Comité era, además de poca, mala.
Otro «recao», más grato, era ir a la casería de los Loché, en Castiello de Bernueces, a por la leche, donde me obsequiaban con fruta de la huerta. («cereces» por la Asunción y «figos» por San Miguel).
Este asunto de los «recaos» ha existido en todo tiempo y en todas las edades. Me parece más exacto llamarles «mandaos», porque siempre son cosa de alguien que manda. De neños, la madre. De mayores, la muyer. En la mili, el capitán. En el trabajo, el jefe.
La vida es así, querido Pachi. Siempre toparemos con alguien que se encargue de los encargos (valga la redundancia).
Y los mandaderos siempre somos los mismos. Yo confieso que tengo vocación de chico de los recados. Oigo todos los días:
-Ya que vas a salir a comprar el periódico, trae el pan. O un postre.
Y, en ocasiones hasta se atreven a encargarme un barril de detergente para la lavadora.
Y ¿qué vas a hacer? ¿Vas a matarla?
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