El voto del miedo engorda a los conservadores

n Los electores europeos han seguido la máxima de no hacer mudanza en tiempos de tribulación

 
El voto del miedo engorda a los conservadores
El voto del miedo engorda a los conservadores  

ANXEL VENCE Las últimas elecciones europeas han resultado ser unas elecciones de miedo y no sólo por el espantable grado de abstención que en cierto modo las deslegitima.



El temor a la crisis, al desempleo y al nuboso futuro ha arrojado a los electores en brazos de la derecha, por más que -paradójicamente- se atribuya a sus representantes ideológicos la culpa del descalabro financiero que tiene en un sinvivir al mundo.



Conociéndola o no, los votantes europeos parecen haberse acogido a la vieja máxima jesuítica de Ignacio de Loyola, quien aconsejaba «no hacer mudanza» en tiempos de tribulación. Exactamente eso es lo que han hecho -o mejor dicho, no han hecho- los ciudadanos de Europa al dar una copiosísima y hasta exuberante mayoría a la derecha en la reciente consulta.



Donde había gobiernos derechistas les han refrendado su apoyo, a la vez que se lo retiraban a los de izquierda sin apenas otra excepción que la de Suecia.



Suele decirse que los gobernantes conservadores son más hábiles para crear riqueza, en tanto que los socialdemócratas demuestran una mayor capacidad a la hora de repartirla. Aunque pobre, ésa pudiera ser una explicación a lo sucedido. Cuando el dinero y el empleo empiezan a faltar, parece lógico que los votantes se pongan al amparo de aquellos que gozan fama de saber engordar el producto interior bruto, aunque con ello aumenten también las desigualdades de renta entre los ciudadanos.



A mayores, el miedo -emoción de suyo paralizante- tiende a bloquear cualquier impulso de cambio y no digamos ya de aventura: razón más que suficiente para que el conservadurismo arraigue entre las gentes del común cada vez que las cosas vienen mal dadas.



Sorprende, si acaso, que los electores hayan confiado la reforma del sistema financiero europeo precisamente a los partidos más representativos de la ideología que -en apariencia- ha provocado la actual crisis. Después de todo, el desbarajuste de la economía mundial tiene su origen en ciertos excesos del capitalismo que han obligado a romper con sus viejos principios liberales incluso a países tan alérgicos a la intervención del Gobierno en las finanzas como, un suponer, los Estados Unidos.



Suena a contrasentido que los ciudadanos respondan a la tormenta económica dando el timón de mando a los mismos que hicieron encallar el barco en las rocas; pero hasta esto tiene una explicación.



Tal vez los electores europeos piensen que nadie está en mejores condiciones de arreglar el actual caos de la economía que aquellos que lo provocaron.



La mancha de la mora con otra verde se quita, como es sabido. Más difícil resulta ya explicar la crisis de la izquierda o, para ser exactos, la de la socialdemocracia. En tiempos de tribulación como los de ahora pudiera parecer lógico que los asalariados -mayoría absoluta en cualquier país- corrieran a refugiarse bajo las faldas maternales del Estado. Si el paro crece y el dinero mengua, los aparentes beneficiarios deberían ser aquellos partidos dispuestos a tirar por la ventana los cuartos que hay -e incluso los que no existen- en las arcas del Tesoro para ofrecer subsidios y socorros a los afligidos. Pero no ha sido así. Bien al contrario, la incertidumbre desatada por la crisis obró el extraño efecto de empujar a una cuantiosa mayoría de votantes a buscar cobijo en las ideas conservadoras.



No queda sino deducir de tan paradójico comportamiento que el quid de la cuestión reside más bien en razones de orden psicológico antes que político o económico.



Se trata de un simple problema de miedo, emoción paralizante donde las haya. La angustia provocada por el temor a perder el empleo, la casa, el coche y demás fetiches del sistema de libre mercado que nadie -empezando por la izquierda- cuestionaba en tiempos de bonanza es, muy probablemente, la causa de que los europeos hayan dado esa media vuelta a la derecha -¡ar!- que tan confundidos tiene a los expertos en estas cuestiones del voto.



Nada nuevo, por otra parte. Si algo nos enseña la Historia es que las purgas periódicas -algunas tan graves como la Gran Depresión de 1929- forman parte de la esencia misma del capitalismo y en modo alguno ponen en peligro su existencia.



De cuando en vez, el sistema sufre crisis de ludopatía y se entrega a la especulación desenfrenada con el dinero o los pisos, como bien sabemos en la España que aún está digiriendo -y más que digerirá- el estallido de la burbuja inmobiliaria que tan irresponsablemente alimentaron los gobiernos a babor y estribor.



Pero antes o después, las aguas vuelven a su cauce.



Lo que acaso hayan votado los europeos es precisamente eso: la vuelta a los viejos principios de la economía basada en la libre producción e intercambio de bienes y servicios tangibles. Un sistema que tan buenos -y sólidos- resultados había dado hasta que la codicia lo transformó en una especie de casino del ladrillo y de los billetes del Monopoly en el que se vendía aire a buen precio bajo el lema: «Coge el dinero y corre».



Aun sin saberlo, los (pocos) votantes de Europa han respondido al viejo lema de los jesuitas, que no en vano alcanzaron fama por la eficiencia de sus escuelas de negocios. En tiempos de tribulación, no conviene hacer mudanza.



anxel@arrakis.es

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