JAVIER MORÁN
Verdadera pieza de oratoria la del consejero Francisco González Buendía, en la Junta del Principado, para batir por sexta vez el cobre de la ampliación y desfase presupuestario en el puerto de El Musel. Nos referimos a su primera intervención, con un estribillo majestuoso: «No voy a desfallecer» defendiendo la obra: «no voy a desfallecer» diciendo esto y lo otro; «no voy a desfallecer» afirmando lo de más allá..., «no voy a desfallecer...». El bolero de Ravel; el bolero de El Musel.
Alguien pensará que esto es un comentario irónico, pero es cierto que ese exordio inicial del Consejero fue bueno, con esa cíclica redundancia pronunciada con voz de tenor; con ese «obstinato» de cadencia borgiana. Que no, que no; que esto no es broma. El Consejero sacó un palmo a sus interrogadores en la Junta.
Y la circunstancia no era del todo sencilla, porque unas jornadas antes el ex ministro Francisco Álvarez-Cascos había expresado un «espero que los asturianos pidan cuentas a los responsables de la tropelía de El Musel», que es una frase como un venablo, del tipo de aquella otra: «¡Ministro, van tabicanos la playa!», que citó el susodicho titular de Fomento como dicha por un anónimo gijonés que le abordó un día en el paseo de San Lorenzo. Después, hacia 2002, Cascos mandó pegar un golpe de timón a la ampliación portuaria, al sustituir el dique exterior 3C, de casi cinco kilómetros, por el que se ha construido definitivamente, de menor longitud y afección sobre el horizonte de la Villa de Jovellanos. La frase del tabicado fue tan eficaz que todos los mandatarios asturianos y gijoneses abajaron la testuz y otorgaron, cosa que han ido olvidando selectivamente.
A esta retórica eficaz nos referimos al juzgar ahora la oratoria parlamentaria de Buendía. Nos olvidamos incluso de esa consideración que recorre la civilización desde la Grecia gloriosa: la retórica crece cuando la razón disminuye. Escuchamos el bolero de El Musel y anhelamos interiorizar.