LUIS M. ALONSO
Es posible que haya mucha abstención en el voto, pero no tanta como debiera. Los electores, creo yo, no dispensan a los políticos profesionales la décima parte del desprecio que de ellos reciben. No sólo por las promesas que se incumplen, ni por desatender los verdaderos problemas que afectan a la sociedad, sino también por el permanente insulto a la inteligencia que practican estos representantes del pueblo soberano, tan errados en el fondo y en las formas.
La alcaldesa de Avilés, a la que considero una mujer amable y dispuesta, tiene últimamente una propensión a equivocarse superior a lo que sería deseable. Bien es verdad que a veces lo hace por mérito propio y, otras, inducida por quienes se empeñan en asesorarla mal y dirigirla a un precipicio. El viernes pasado, al exceso verbal de un hombre excesivo en casi todo, como es Álvarez-Cascos, respondió de la manera que no debería hacerlo la persona que representa a la ciudad en un acto público: dejándolo a él plantado en una cena, pero también a la institución que la invitó y al resto de los ciudadanos que no teníamos nada que ver con el discurso del ex ministro ni el sarpullido que levantó entre los socialistas.
Pero si hubo fallo en la forma, también lo ha habido en el fondo, lo que resulta más preocupante. Al referirse a Cascos, Pilar Varela le reprochó que alguien que está fuera de la política hiciese un discurso tan político. Resulta fácil interpretar que la Alcaldesa, como ocurre con otros compañeros suyos que se dedican a esto, no ve bien que hablen de política quienes no vivan de ella. Quienes así lo entienden, consideran que lo que debe hacer el resto de los ciudadanos es simplemente meter la papeleta en la urna cada cuatro años, es decir, aquello de mirar y dar tabaco pero no entrar en los naipes de los que juegan al tute.
Más allá de las formas, lo inquietante es que nos tengan por tan poco siendo ellos lo que son.