ANTONIO OCHOA
Cada vez que termina el recuento de votos en unas elecciones, la gente comenta con sorna que todos los que salen en la tele afirman haber ganado. Suponen que algunos de ellos deben estar mintiendo, pero yo no lo creo así. Por el contrario, me parece que están siendo desacostumbradamente sinceros. Todos los que tienen el privilegio de aparecer en pantalla han ganado (o conseguido conservar) poder, buenos sueldos y múltiples beneficios extras en forma de cochazos oficiales, regalos de etiqueta y joyería, enchufes para la familia, asientos millonarios en consejos de administración de empresas semipúblicas y muchos otros que no conocemos ni imaginamos. En cambio, cuando los afiliados o simpatizantes de base de un partido afirman, seguramente de buena fe, haber ganado, no estoy seguro de entender a qué «ganancia» se refieren exactamente.
Otro hecho curioso es la cantidad de magia estadística que se usa en los análisis para arrimar el ascua a cada sardina. Unos sacan pecho por ser la fuerza más votada, otros respiran por haber salvado los muebles a pesar de la que está cayendo, otros presumen de haber resistido la presión de los anteriores y hay quienes, incluso, celebran no haber quedado los últimos. Sin embargo, todos obvian un hecho evidente: la vencedora absoluta de las pasadas elecciones europeas fue la abstención. Más de la mitad de los electores demostraron no confiar en ninguno de los candidatos. Si esto fuera una democracia de verdad y no una «partidocracia», deberían retirarlos a todos y proponer otros nuevos. Debería, incluso, revisarse el sistema, intentar implicar más a los ciudadanos en la vida pública, convocar primarias y acabar con la profesionalización de la política. Pero los que tienen el poder de hacer eso son los primeros que verían peligrar sus garbanzos así que, no sólo no hay miedo de que se pongan a ello, sino que podemos estar seguros de que defenderán el chollo con uñas y dientes. Y, dado que la ciudadanía tampoco parece tener interés en exigir que se respeten sus derechos, la cosa seguirá hinchándose hasta que explote.
La verdad es que el mundo de la política me recuerda cada vez más al mundo del fútbol. Los equipos grandes se reparten el pastel, los pequeños intentan sacar alguna tajadita y los aficionados (y lo que no lo son) pagan los despilfarros, los fichajes escandalosos y los sobrecostes vergonzosos sin rechistar. De hecho, en ambos casos existe una hinchada fiel que sigue apoyando incondicionalmente a su equipo o partido sin importarle los extremos de incompetencia o corrupción a los que haya llegado. Sólo cuando el equipo se ha hundido en la clasificación o el país en la miseria, los que antes jaleaban a los dirigentes e insultaban a los críticos empiezan a pedir responsabilidades olvidándose, por supuesto, de las suyas. Entonces, los que se han forrado en el proceso se retiran a disfrutar de sus ganancias y aparece un nuevo líder con su camarilla (o se saca de la nevera a uno viejo) para volver a empezar el ordeño.
Por eso, todos los equipos y partidos que se clasificaron para Europa han salido ganando. Y, por su parte, todos los ciudadanos que fueron al campo o a la urna y los que no fueron tendrán que echar cuentas por su cuenta si quieren saber cómo les ha ido la temporada.