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LIOBA SIMON SCHUHMACHER PROFESORA DEL DPTO. DE FILOLOGÍA ANGLOGERMÁNICA Y FRANCESA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO Sin duda este Rectorado está haciendo esfuerzos para sumarse al Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), al así llamado plan Bolonia. En cambio, siguiendo consignas del Principado, quien administra los fondos para la Universidad, adoptó como prioridad recortar recursos en detrimento de la calidad de la enseñanza.
Uno de los aspectos clave para obtener mejores resultados del aprendizaje del estudiante es la ratio profesor-estudiante: cuanto más reducidos los grupos, mejor.
Ahora bien, si las medias de ratio profesor-estudiante como tales cuadran en su conjunto es porque en esta Universidad (y en otras) hay titulaciones donde lucen más profesores que estudiantes en la orla, donde hay profesores que dan 8 o 12 créditos en todo el curso, algunos con 4-10 alumnos por grupo. Admitir y hasta tolerar esto es una cosa, pero hacerlo a costa de los que están dando hasta 24 créditos con números muy superiores de estudiantes es otra (por ejemplo: ¿cuándo investigan estos?).
Durante años la sección de Inglés del Departamento de Filología Anglogermánica ha ido tirando con este agravio comparativo. Pero hoy, y justo un año antes de implantarse el EEES (que, por cierto, ya funciona en media España y en toda Europa), cae la gota que quizás colme el vaso. Hasta los estudiantes, otras veces tan pasivos, están protagonizando protestas, porque afectará a la calidad de la enseñanza que reciben y por tanto a su futuro profesional.
Acabo de recibir un correo circular del Vicerrectorado de Profesorado invitando a los docentes a apuntarse a un curso sobre cómo diseñar tutorías en los nuevos planes de estudios. Ésta es la de cal. En cambio, la arena viene con ese fatídico aumento del número de estudiantes por grupo, al menos en la sección de Filología Inglesa.
Muchos profesores de este departamento llevamos años haciendo un esfuerzo suplementario para adelantarnos al plan Bolonia, con una dedicación mayor a la media y desde luego a la de unos cuantos colegas de otras facultades y departamentos. Somos, eso sí, todavía agraciados con una cifra comparativamente alta de alumnos. Por ello también tenemos grupos bastante numerosos. Por ejemplo, hay asignaturas con unos 40 estudiantes, y como docente todavía hay que hacer malabarismos para aplicar la evaluación continua incluyendo tutorías, trabajos, etc. Si se quieren obtener resultados de aprendizaje óptimos sería recomendable reducir todavía a la mitad el número de estudiantes por grupo. Pero si, como para el curso que viene (y al parecer para los restantes del plan antiguo), este Rectorado no sólo no divide, sino multiplica por dos esta cifra, y un grupo puede constar de unos 80 alumnos (al juntarlo con otro de la tarde), mi conclusión, señoras y señores, y queridos estudiantes, es:
Pisaré el aula con un saludo escueto, mirando hacia el techo, firmaré el parte, y procederé a «dictar» la clase, que nos entendamos: a soltar el «rollo», dándome igual quién está abajo en los bancos, si cuchichease alguien lo ignoraré, estarán como locos tomando apuntes muchas veces indescifrables, no les preguntaré nada, no les animaré a investigar por su cuenta y a leer, ni les haré participar, de paso me ahorraré tener que aprender sus nombres y que vengan a incordiarme en horario de tutorías con sus dudas, nada de llevarme 80 ejercicios a casa 3 o 4 veces por cuatrimestre (que me estropean tardes, noches y puentes: eso se acabó), nada de enseñarles a exponer un tema en público, nada de consultas y conversaciones, ni e-mails correctos y amables, que me quitan tiempo preciado para la investigación. Y el día del examen será como el juicio final. Pondré un examen-bomba, con cuyo anuncio los habré amedrentado una y otra vez en clase para tenerlos a raya, sin informar en qué consiste, claro. Habrá al menos un 60% de suspensos, al no ser que me dé igual que la nota refleje su nivel real, o que me quiera congraciar con ellos a pesar de todo (nunca se sabe), y levante la mano. Habré quedado fatal en las encuestas, pero me dará igual, y tampoco tiene incidencia alguna, pues funcionaria soy.
A la vista está lo que se promueve con estas políticas de ahorro por el lado menos oportuno: desmotivar a sus profesores pioneros en el plan Bolonia entre los cuales están muchos de mis colegas de Filología Anglogermánica, y dar cancha a los conservadores, a aquellos que con su inmovilismo imponen el «que todo siga igual», minusvalorando al estudiante, que tiene derecho a recibir una enseñanza de calidad acorde con los nuevos tiempos y metodologías.
Sabido es que el EEES, con un cambio de enfoque docente y discente (entre ellos una mejor ratio profesor-estudiante) no tiene, no puede tener, un coste cero.
En cambio parece que aquí todo seguirá igual, y que por un tiempo todavía «la heroica ciudad» y su Universidad, por culpa de la miopía y falta de financiación del Principado en un asunto tan crucial, seguirán durmiendo la siesta. Y cuando se despierten se verán con aún menos estudiantes (porque los más avispados habrán echo cuentas y se habrán ido a estudiar fuera), y a la cola en los rankings de las universidades españolas e internacionales.
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