GERARDO LOMBARDERO
Me entero de que en el cambio que el Ayuntamiento ha propuesto para algunas calles de Oviedo que ostentan nombres «inconvenientes» para la época actual se ha indultado por mayoría unánime la dedicada al otrora notorio falangista Dionisio Ridruejo. Que conste que, para comenzar, tengo el ineludible compromiso de decir que a mí personalmente Dionisio es un personaje que siempre me ha caído bien. Hay en él, desde sus comienzos en la política, entonces irremediablemente joven, un aire de rebeldía y disconformidad que arrastró a lo largo de su vida. Una osada actitud hacia los poderosos en general, que chocaba frontalmente con su escasa estatura y su precaria salud. Es Ridruejo desde entonces hasta el final, la figura representativa de la poesía militante, del compromiso intelectual ocurra lo que ocurra.
Para conocer a Ridruejo en profundidad, yo recomendaría la lectura de un libro editado hace ya bastantes años, creo que en 1976, bajo el título «Casi unas memorias». En él desgrana todas sus experiencias sin obviar ninguna, aunque éstas en ocasiones sean poco correctas políticamente. Podríamos pensar que de los dos viajes iniciáticos que hizo durante la Guerra Civil española, uno a Alemania y otro a Italia, le impactó más el primero, cuando en realidad el que caló profundamente en su concepción de lo social y lo político fue el segundo, el que le hizo ver y tocar la Italia fascista de Mussolini. De la Alemania de Hitler trajo más bien un regusto amargo, la mitad a causa de la impasibilidad alemana y la otra mitad por la impresión mediocre que le produjo el propio Führer. Él mismo escribe las siguientes palabras: «Era un poco más maquinal de lo corriente, a pesar del uniforme, el empaque de su cuerpo era un poco vulgar y como flojo». Toda una descripción de quien lo conoció personalmente. En plena recepción, la presencia de Dionisio provocó una anécdota que todos comprendieron, cuando Hitler preguntó los nombres de los españoles y el traductor, al llegar a Ridruejo, le dijo dos palabras que pudo oír con claridad, «orador» y «Goebbels». Parece ser que le hizo mucha gracia al español, ya que, como el alemán, su profesión era por aquellos días la propaganda.
En cambio, al año siguiente viaja a Italia, corrían ya los últimos meses de 1938 y dejaban atrás el final del penúltimo año de guerra con lo que esto suponía. Fue todo un choque, la España devastada y empecinada en destruirse quedaba momentáneamente aparcada, y ante sus ojos se abría una floreciente sociedad en el marco de unas ciudades repletas de arte e historia. Con el añadido de que los italianos, y mucho más los romanos, son muy dados a vivir la vida del modo más intenso posible. Un ¡choque de mentalidades que forjaría la convicción que se trajo a su regreso junto con su precario equipaje. En aquella misión que podría calificarse de cultural le acompañaban algunos personajes que luego serían miembros notorios en el régimen de Franco. Iban con él Carmen de Icaza, hija de un diplomático mexicano y a decir de Dionisio consumada políglota, quien poco después sería una novelista de cierto relieve, aunque por el momento debería conformase con ser una mujer más que atractiva y elegante. El resto del grupo lo integraban el escritor falangista Eugenio Montes, Pilar Primo de Rivera y su amiga Carmen Werner, José María Pemán y el señor Quintana por Exteriores, quien administraba los fondos necesarios para el desplazamiento.
Tras su paso por Palermo, llegaron a Roma, donde el Duce volvió a decepcionarlo como lo decepcionara Hitler. Había en Ridruejo una propensión continua de desagrado hacia los líderes poderosos que nunca le abandonaría. En cambio sus reuniones con el conde Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Exteriores, cimentaron en él una relación de cordialidad con el personaje. Diría de él: «Hablaba muy bien el castellano, con algún deje argentino. Era vivo, curioso y algo susceptible. Ciano era brillante, pero había en su modo de estar y decir un toque aseñoritado y algo mundano». No le decepcionó en cambio el espectáculo de una sesión del Gran Consejo fascista y se trajo a España la sensación de que la Junta política de Burgos era un remedo barato y pobretón de aquél. Lo peor del caso, o lo mejor, que nunca se sabe, es que volvió con la decisión de que en España la única vía posible era la revolución fascista definitiva. Fue un gran error que le llevó en los años posteriores a hechos que luego asumió sin contradicciones, como su efímero paso por razones de salud por la División Azul en Rusia, la ruptura con Franco propiciada por alguna entrevista airada y una carta de dimisión, el destierro y confinamiento en Ronda por rebeldía, los sucesos universitarios de 1956 que lo alejaron ya sin remedio aún más y luego su desembarco sin reparos en la oposición al régimen. Y si como dicen algunos, terminó siendo de izquierdas, pues convendría leer esas memorias para comprender que para el intelectual en el que devino ser la única salida posible en aquel momento era la socialdemocracia. Y eso fue, aparte de un orador notable cuya palabra llegaba con facilidad, un poeta en el término absoluto del momento y un rebelde con causa a quien las circunstancias no le fueron todo lo favorables que debieron serle. Por tanto, si su calle permanece iluminada por su nombre, que así sea.