LUIS M. ALONSO
Los espías están de moda y, por tanto, de actualidad. Después de la entretenida serie sobre el supuesto espionaje de la Comunidad de Madrid, llega esta otra del director del CNI, que es una auténtica descojonación, desde el trucaje de la foto de la pesca en Senegal hasta lo de la «máquina de la verdad». No se podría creer si no fuese porque lo más característico del espionaje español han sido hasta ahora Mortadelo y Filemón y el mismísimo Anacleto, agente secreto, personajes de tebeo que no difieren demasiado de los de carne y hueso que nos ocupan en Esta España de albañales y chapuzas.
El episodio de la pesca, de la caza y de las facturas a cargo del erario por parte del jefe del CNI demuestra que hasta los altos cargos que tienen que mantener mayor discreción, aunque sólo sea por el hecho de ser responsables, como es el caso de Saiz, de los servicios secretos, se comportan en este país con la más indiscreta y chusca inmoralidad. Al jefe del CNI lo pillan pescando peces espada en Senegal y le echa la culpa de la filtración a un rencor endogámico entre los espías que no lo aceptan por haberse dedicado antes a los parques forestales. Al ex ministro de Justicia lo cazan mientras abatía muflones sin licencia y dice desconocer la ley para eludir la responsabilidad. Decididamente, esto es Mortadelo y Filemón, no hay ya por donde cogerlo.
La pesca oceánica y la caza mayor, por un lado, y el convoluto que se va viendo en el «caso Gürtel», por otro, han convertido ciertas zonas oscuras de la política en la ciénaga que ya conocíamos durante el felipismo. Ahora sólo hace falta observar si se reproduce como entonces la tendencia de los partidos a engolfarse de la misma manera que los partidarios que no tienen una noción clara de las reglas del juego ni de la decencia.
Rajoy ha puesto la mano en el fuego por algunos de los implicados en el «caso Gürtel» y Zapatero dice que apoyará a Saiz mientras siga en el cargo. Pero, ¿debe seguir en él?