TONI SILVA
Hace unos días murió, a los 81 años, Marina Huemes, «la Pistera». El apodo le venía de un antepasado, cochero con Canosa, que llamaba «pistera» a la chistera. Ella había sido pescadera y a las pescaderas las conocía todo el mundo, ya que una de las claves del negocio era precisamente ser conocida y merecer la confianza de la clientela, pues el pescado es cosa delicada y requiere garantía de frescura, higiene, peso fiel y honradez. No faltan anécdotas de pescaderas (no era el caso de Marina, desde luego) que vendían por las aldeas muiles plebeyos a precio de la aristócrata lubina, aprovechando el cierto parecido que hay entre ambos peces a los ojos de quien no está habituado a verlos.
Conocí a Marina la Pistera siendo niño, en mi aldea de Torre. Ella iba en el coche de línea hasta Berbes (las pescaderas pagaban el porte al regreso, cuando ya tenían con qué) y bajaban hasta Barréu y Torre vendiendo puerta a puerta hasta que acababan la mercancía. Transportaban mucho peso en la cabeza, pues había que llenar bien la batea y colocar encima la romana, de puro hierro. Si llevaban sardinas, como se vendían por docenas, no hacía falta la pesa. El regreso a la villa no era menos penoso, pues en aquella economía de posguerra a menudo cambiaban el pescado por fabes, patatas o lo que fuera, así que la batea nunca dejaba de estar cargada. En mi casa era fiesta cuando aparecía Marina, pues siempre se le compraban sardinas, xarda o chicharro, pues la cosa no daba para más. A mí lo que más me ha gustado siempre ha sido (y son) las sardinas. Y cuando había sardinas me tocaba ir a la Rambla a comprar una botella de vino para acompañarlas y yo también bebía, pues los niños de antes podíamos tomar vino. Y sidra. Y quina Santa Catalina. Una botella de vino a granel costaba menos de un duro en esa época. Y este periódico, que en mi casa se compraba los domingos, costaba cuatro pesetas. LA NUEVA ESPAÑA, una botellina de vino de pellejo y las sardinas de Marina eran nuestros lujos aldeanos de principios de los años sesenta.
La profesión de pescadera ha desaparecido ya, víctima de las exigencias higiénicas y fiscales, pero hasta los años setenta era posible verlas con el carrito de mano por las calles de la villa. Ya no iban por las aldeas como iban antes, con la batea en la cabeza, sobre el rodete, hinchando el cuello del esfuerzo y gritando «¡están vives, que colean?!». Compraban la mercancía en la rula, compitiendo con mayoristas y fábricas de conservas, y vendían de casa en casa. Estaban bien organizadas, pues se repartían el mercado: unas iban a las aldeas del otro lado de la ría, otras a la zona de Collera y Meluerda y el resto vendía en la zona urbana, y todo iba bien hasta que se empezaron a meter las de Lastres y las riosellanas se replegaron a la villa. También se metieron en las fábricas de conservas, aunque en casos como el de Marina hacían media jornada en la fábrica y media vendiendo en la calle.
Marina salió poco de su pueblo, salvo cuando estuvo refugiada con sus padres en Gijón en 1937, huyendo del avance de los nacionales sobre Ribadesella. Su padre fue detenido y murió sin recuperar la libertad. Marina tuvo que trabajar desde muy joven y se casó con un estibador de la plantilla del puerto, Falo Prieto, con el que tuvo cinco hijos. Salió poco del pueblo pero paradójicamente fue a morir muy lejos, en Canarias, donde estaba a cargo de una hija. No puedo menos que recordar la anécdota recogida por J. Luis Díaz y Carlos Tejo en el libro «Ribadesella en sus manos». El día en que se casó, para ver mundo, fue con su flamante marido al Paseo de la Grúa y allí estuvieron mirando el horizonte con unos anteojos prestados. Y al día siguiente, ella a caleyar con la batea y él a la rampa a subir mineral. Descansa en paz, Marina. Descansa.