EUGENIO SUÁREZ
Tengo la impresión de que el viejo hábito de dar propina en determinados lugares está desapareciendo. Costumbre antigua, ha quedado incrustada en el lenguaje y siempre estuvo relacionada con invitaciones a beber, aunque llegó a extenderse como un impuesto voluntario hacia todos los que nos prestaran un servicio, ya pagado: en el restaurante, el que nos llena el depósito de gasolina, si no es autoservicio, el croupier en los casinos de juego, etcétera, aunque aquí no se hablaba de empinar el codo, sino de un simple regalo: «Merci; pour les employés».
En otros tiempos parece que se agradecían las atenciones convidando a una colación y en español, la palabra nos viene del latín, «propinar», que en el Diccionario de la Academia venía como primera acepción. En francés resulta literal: «pourboire», para beber. Y exactamente, en alemán: «trinkgeld», dinero para beber. Igual en inglés: «tip» que es la raíz de verbos como «tippler», agarrar una trompa. O sea, que cuando el camarero, el mesonero, el sumiller nos sirven un trago deberíamos corresponder con otro: «Tú me das una copa a mí, yo te doy una copa a ti», con aire de tarantela para marcar el comienzo de una gran amistad que concluye entonando el «Asturias, patria querida».
Aquello fue cambiando y oscilaba entre la voluntariedad, el despilfarro y la sordidez. Los aires proletarios de mediados del siglo pasado insinuaron que se trataba de un gesto degradante y quisieron sustituirlo por otra fórmula, la de «propina incluida». Convertir un gesto magnánimo en una obligación fue mal negocio y a lo largo de unos años, en los sesenta, la incluyeron en un apartado que constaba en el recibo de las tarjetas de crédito, al irrumpir avasalladoramente en nuestra rutina. Esto produjo una frase escuchada muy de tarde en tarde: «No admitimos propinas, va incluida en la factura». Al fin y al cabo, precedente del antipático IVA, que introduce en nuestras vidas un papeleo ignominioso.
Yo, que soy un sujeto pasado de fecha y engreído, doy propina, más por la satisfacción que me produce que por ánimo de compensación laboral. Si me han servido bien, con amabilidad e incluso han reído alguna de mis gracias, me alargo hasta el 20 por ciento o más. Si -lo que es raro en Asturias- tropiezo con una persona, cualquiera que sea su género, antipática e incompetente, no dejo nada o, para mayor recochineo, unas piezas de cobre, lo que es infrecuente. Referida a quien la da, quien la recibe y la situación, hay un aforismo: «La propina empobrece, envilece y ni Dios te la agradece». No es verdad, suele ser bien acogida.